Castedo, bromas y onus probandi aparte

En la política municipal alicantina hay quienes confunden la gimnasia con la magnesia y la velocidad con el tocino, como también, hay quienes esgrimen la presunción de inocencia de la alcaldesa, Sonia Castedo, contra el viento y la marea del descrédito no sólo político y las acusaciones de corruptelas varias que habría protagonizado o co-protagonizado la ahora caída en desgracia dentro de su propio Partido.

Esto me ha recordado un artículo del filósofo español Julián Marías, titulado «Qué queda cuando se calumnia» (El País, 24 febrero, 1978) que comienza así: «Los tribunales que “juzgaban” a los sospechosos de haber defendido la República durante la Guerra Civil o de haber colaborado en cualquier medida contra ella, las comisiones de “depuración” de la mitad de los españoles desde 1939, introdujeron una modificación esencial en los procedimientos de prueba, que eran válidos desde hacía un par de milenios, tanto lógica como jurídicamente.

Es principio universalmente admitido que la obligación de probar, el onus probandi, corresponde al que afirma. Entre otras razones, porque lo contrario es casi siempre imposible. Si se acusaba a alguien de haber matado a una vieja en Cuenca o haber incendiado una iglesia en Alicante o silbar la Internacional o el Himno de Riego al bajar la escalera, nadie se molestaba en probarlo, sino que era el acusado el que tenía que probar que no había hecho tales cosas. ¿Cómo hacerlo? Piense el lector si podría hacerlo ahora mismo. Pues bien, el mismo espíritu, en materias por ahora menos graves, está apareciendo entre nosotros. La misma perversión de los principios lógicos y jurídicos se está abriendo paso, en medio de una general indiferencia. Es raro el día que no encontramos un ejemplo —o varios— de la vieja actitud de 1939, trasladada a otros campos y otros actores».

Elocuente y atemporal ¿verdad? Y el que esto les escribe lo suscribe de la A a la Z. Es decir, no seré yo el que apele a invertir diabólicamente la carga de la prueba en el ‘Caso Brugal’ en el que está incursa la alcaldesa de Alicante (y diputada autonómica). Sin embargo, ¿No se deslegitimaría dicha legal presunción de inocencia, cuando el que afirma no es ya la Fiscalía o una parte, sino la voz de la mayoría del pueblo alicantino, harto ya de los tejemanejes, trapacerías, chanchullos y demás manejos ilícitos que han cantado por soleares desde que la interfecta (y sirena del ínclito ex alcalde, Luis Díaz Alperi) ocupaba la concejalía de Urbanismo en tiempos de aquél?

Luego, presunción de inocencia sí, pero, conciudadanos: No confundamos el pompis con las témporas. Sobre todo, cuando las imputaciones estarían sobradamente sustentadas con pruebas e indicios. Lo higiénico, por un mínimo de decoro, pudor y vergüenza torera, sería que renunciara tanto a su escaño en el Parlamento Autonómico (como p. ej. ha hecho ejemplarmente el parlamentario catalán de Ciutadans, Jordi Cañas, al ser imputado por presunto fraude fiscal por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña), como al bastón de mando en el Consistorio de una ciudad, que no se merece ser un obsceno patio de monipodio, ni un Monopoly con un solo constructor, digo, jugador. Que ha cubierto de hormigón y asfalto, desde los tiempos del ex alcalde socialista (o, mejor dicho, «socialisto»), Ángel Luna (al que una vez abandonado su puesto como primer edil contratara como jurisconsulto y regalara, que se sepa, un Audi… En tiempos en los que los Mini aún no los fabricaba la BMW).

Y, ahora, lejos de enmendarse tratando de demostrar su inocencia como una ciudadana de a pie, intentando no seguir mancillando el buen nombre de la ciudadanía de la millor terreta del món, desde una Alcaldía que ha defraudado la confianza que miles de vecinos de derechas o liberal conservadores (que votábamos al Partido Popular) depositamos en ella y en su padrino y antecesor en el cargo, sale por peteneras dejando entrever veladamente, que si el juicioso Alberto Fabra —con el plácet de Génova— le niega el pan y la sal, liderará un chiringuito político doméstico ad hoc para a toda costa y cueste lo que cueste al obsequioso… inversionista (o especulador) de turno, seguir alimentando el esperpento en el que han convertido los populares alicantinos —unos por acción y otros por omisión— la luz de la Costa Blanca .

Hablando en serio y bromas —y onus probandi— aparte, ya es hora que la sociedad civil alicantina tome las riendas democráticas de su destino político, que distinga al político honrado del bribón, al idealista de la logrera, y que genere espacios y escenarios políticos que no vuelvan a ser susceptibles de albergar ni den cabida a toda esta patulea de personajillos que durante dos décadas han transformado a esta bella urbe en una especie de frikilandia del peculado y el filibusterismo, con una Casa Consistorial e Isla de Tabarca ideales como plató y exteriores para grabar una próxima entrega de la saga de las aventuras del Torrente de Santiago Segura.

Ramón Guillén

Miembro de VOX Alicante

 

Leave a comment

Your email address will not be published.

*