¿Servidumbre o consonancia? Desde luego, VOX

ramón guillen vox

Hace poco tuve la buena fortuna de que cayera en mis manos la obra magna del humanista francés, Étienne de la Boétie (1530 – 1563). Me estoy refiriendo a su famoso tratado contra la tiranía, Le Discours de la Servitude Volontaire. (El discurso de la servidumbre voluntaria). Elocuente e ilustrativo título ¿no es cierto?; que demuestra que cualquier sociedad dada, como la española actual, puede consentir de manera voluntaria y sin cesar la tiranía del déspota de turno. Aunque, también podríamos acordarnos de la época comprendida entre la Constitución liberal del 12 y la Década Ominosa del Rey felón, Fernando VII de Borbón, donde venció el lacayo y vergonzante grito popular ése de: «¡Vivan las caenas!».

En nuestra España contemporánea y de hoy en día, podríamos aplicar la teoría de La Boétie tanto a los gobiernos autocráticos del régimen preconstitucional, como a los de la partidocracia reinante posterior. Si ahora lo extrapolamos al momento electoral presente, cara a la cita electoral del 25 de mayo, me asaltan las siguientes cuestiones: ¿Dará el pueblo español la espalda en las urnas a los dos partidos hegemónicos? Y caso de hacerlo, ¿se decantará éste por alguna de las nuevas opciones que se le presenta a babor y a estribor (me estoy refiriendo principalmente a Podemos, al Movimiento Ciudadano de Ciutadans y a VOX), o ¿se inhibirá haciendo dejación de sus derechos políticos y deberes cívicos en la ademocrática abstención?

Intentando buscar respuesta a las tres preguntas, y amén del tratado del exordio, tiré de mis viejos apuntes y legajos de la asignatura Psicología Social y encontré la vieja Teoría de la Disonancia Cognitiva (1957) de Leon Festinger. Según ésta, la disonancia se define como un estado motivacional poco placentero, de tensión o psicológicamente incómodo, provocado por un conflicto entre dos ideas simultáneas y contradictorias, que generará —en este caso en el elector español— desasosiego y estrés, que las personas intentarán evitar o al menos reducir su intensidad para alcanzar el refugio de la consonancia cognitiva. De este modo y manera, un votante arquetípico del PSOE o del PP (votante «cautivo» lo denomina la Sociología Electoral) concebir cambiar de opción electoral decantándose hacia las opciones revolucionaria y antisistema, reformista y regeneradora de izquierda, centro-izquierda y centro-derecha/derecha, representadas respectivamente por la plataforma alternativa Podemos, y las formaciones C’s y VOX; lo considerará algo disonante y traumático emocionalmente, y apelaría a la consonancia de esgrimir como excusa o razón algo así como: «Yo siempre he votado al mismo partido y ahora o a estas alturas no voy a cambiar».

Visto lo anterior, parece mentira saber que, de todas las especies, sólo las que cuentan con un cerebro más desarrollado son capaces de cambiar de opinión. Ahora bien, como resultado de la actitud categórica de rechazo frente a la disonancia, los humanos son —somos— incapaces, la mayoría de las veces, de aprovechar la ventaja propia de todos los cerebros supuestamente evolucionados: Poder cambiar de idea (de opción electoral). Se aferran a la primera que les inculcaron o aprendieron (normalmente, por aprendizaje vicario familiar) políticamente; tal y como uno aprende futbolísticamente a ser madridista, colchonero, culé, ché, herculano, de la Real o del Athletic.

Quizá, estas dos teorías (de la servidumbre voluntaria y de la disonancia cognitiva) puedan ayudarnos a explicar y comprender la actitud cívica, política y electoral de nuestros conciudadanos.

Emparentado con esto, siempre he observado, no seré el único claro, hasta que punto todo el estamento y estirpe que vive del erario público puede proseguir con los abusos a los que nos tiene acostumbrados sin recato y pudor alguno, frente a los ajustes dolorosos a los que tiene que enfrentarse en su día a día el resto de la ciudadanía. Me parece alarmante y preocupante el contraste entre la soberbia e impunidad del estamento privilegiado (la casta bi/partidocrática del PPPSOE) y el miedo, la servidumbre y la consonancia del cuerpo electoral.

Como principio de respuesta, y como liberal, no me resisto a traeros a colación y debate una reflexión (La Cultura de la Libertad) del gran novelista peruano, Mario Vargas Llosa, que data de octubre de 1985; de la misma figura, que años después, en 1990, se presentara a las elecciones presidenciales del Perú representando una opción liberal-progresista, que no terminó de seducir a unos peruanos que prefirieron mansurronamente ser pastoreados por el bandido populista y perturbado tiranozuelo, Alberto Fujimori. Dice así: «Si definimos la felicidad como un estado de concordia entre el sentir del hombre y la realidad que vive, sí, no hay duda, un pueblo esclavo puede ser más feliz —o menos infeliz que un pueblo libre—. Si la felicidad es vivir exento de dudas y de incertidumbre, de la obligación de cuestionar permanentemente lo real y de tener que elegir entre distintas opciones, sometido a una doctrina o una fe que hace las veces de conciencia y desindividualiza al hombre, quien se realiza en ella y actúa sólo a través de ella, regresando a la condición de parte de una colectividad, de ente impersonal y gregario, no es inexacto acaso decir que ciertas tiranías teocráticas o políticas conceden una suerte de dichoso atontamiento, de letargo feliz, a las masas que uniformizan, exonerándolas de la incomodidad de elegir, de dudar y de crear. Renunciar a la libertad es una opción posible, desde luego.»

Vencer el miedo, la felonía de la casta, la servidumbre y la disonancia, y quitarles la razón a La Boétie y a Festinger es otra. Desde luego, la que este autor va a elegir mediante su voz en las urnas, a través de la libre elección de la opción liberal conservadora presentada por VOX.

Ramón Guillén

Miembro de VOX Alicante

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