Adelanto de la Generación Alada de la autora Ana Pomares

Generación Alada

La joven escritora alicantina Ana Pomares estuvo este miércoles en la inauguración de la Feria del Libro de Alicante dónde firmó varios ejemplares de su nuevo libro. Generación Alada es su título, y entre sus líneas rebosa la personalidad de esta autora que es un primer libro de madurez ha querido reflejar a una juventud con ansias de libertad pero con pocas ganas de moverse para alcanzarla. Aquí os dejamos el primer capítulo de esta novela juvenil que será presentada en breves semana

 

         Una moda descontrolada recorría la ciudad desde los más pequeños hasta los adultos más inconscientes. La sociedad había desembocado en la creación de mentes vacías, desconocidas de sí mismas, sin metas ni ilusiones. Todo había sido creado para una generación de personas que, por llevar alas, se creían libres. Haciéndoles creer que eran alguien entre tantos, no se percataban que estaban condenados al individualismo más extremo. Se hacían llamar la Generación Alada.

Hacía meses que diversos medios televisivos habían comenzado a introducir alas de colores en los atuendos de los presentadores y tertulianos. Dependiendo del programa y el canal, los personajes aparecían con un color u otro posicionando así a todos los telespectadores. A partir de ese momento, las alas de la libertad eran parte del nuevo hacer social, del nuevo rumbo ciudadano y de la nueva política. Los jóvenes, viéndose representados por esa libertad, aunque sin parar a pensar en ello, imitaron la moda de colocarse aquellas alas que les permitirían volar. Con el paso del tiempo cada alado iría mejorando poco a poco el color de sus alas y la decoración de las mismas, hasta llegar casi a una competición por ver quién llevaba las alas más llamativas. No obstante, todo eran minucias y su ambición mal enfocada decidió ir a más innovando en la moda creada para ellos mismos. De esta manera, los jóvenes comenzaron a no hablar, pues llegaron a la conclusión de que únicamente con mensajes de móvil les sobraba para comunicarse. Sin que nadie se diera cuenta, una gran mayoría de los jóvenes había enmudecido. La Generación Alada se había quedado sin voz.

La nueva generación de jóvenes vivía en una pequeña ciudad de la que no había salido nunca y estaban orgullosos de ello. Cada día, al despertar, se aislaban con la música en sus oídos, se colocaban los zapatos de punta, las alas a juego con la camiseta y, tras pintarse los ojos del mismo color, dejaban caer sobre el ojo derecho el flequillo que prácticamente les impedía ver. Creyendo ser originales, algunos grupos de amigos acordaban ir cada día de un color. Sin embargo, su ego hacía que no pudiesen ver que todos los jóvenes caminaban con unas alas en la espalda. En una ciudad que había asumido la nulidad de sus mentes, en la que ni los mismos involucrados tenían ningún interés por ella, no hablar o no ver no suponía ningún problema para nadie.

La nueva generación no sabía lo que era el amor porque todos ellos eran incapaces de querer a alguien durante algo más de dos días. No conocían la amistad, sólo se juntaban en grupos para reírse de todo aquel que fuera distinto a ellos. Por descontado, no sabían qué significaba realmente la felicidad. Creían ser felices mientras estaban sometidos a una rutina que les impedía soñar. Creían que eso era la vida y, de hecho, estaban convencidos de ello. Sus ídolos estaban en la televisión, en programas de máxima audiencia consistentes en un grupo de personas que se gritaban sin sentido, mientras sacaban a la luz datos que a nadie, en su sano juicio, le interesarían saber.

En esos momentos, miles de jóvenes enmudecidos, ciegos y arrastrados por la corriente de la moda alada llenaban las calles de colores vivos y mentes muertas. Ninguno se interesaba por estudiar, ni por trabajar y mucho menos por encontrarle el sentido a nada de lo que hacían. Puede que ese sinsentido les hubiese conducido hasta allí, pues su bandera generacional era el absurdo de sus vidas, de sus ideas anuladas y de su alienación desmesurada. Sus metas habían sido aniquiladas antes de nacer, por lo que lo único que perseguían era vivir de sus padres hasta que pudieran vivir de sus hijos. Su fin: hacerse notar allá donde estuvieran.

 

 

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