Aylan: ¿valdrá una imagen más que mil palabras?

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Seguro que habrán visto la foto del niño sirio-kurdo muerto en una playa turca. Y si la han visto les pasará como a nosotros: todavía con las tripas revueltas, no la podremos olvidar jamás. Aylan Kurdi el niño sirio de tres años y de origen kurdo que huyó de la guerra que azota su país hace años mientras la comunidad internacional discute de cuotas, en un mercadeo de hedor insoportable. Cumbres y más cumbres en las que las palabras, muchas más de mil, quedan sin contenido, huecas, ante la falta de decencia y sensibilidad de los gobiernos del Primer mundo. Ya no hay lugar para más conversaciones, es tiempo de soluciones ante la demoledora realidad que nos escupe en la cara ese icono en el que se ha convertido la imagen de Aylan. Porque la historia de esa familia sirio-kurda -de la que solo ha sobrevivido el padre, falleciendo un hermano de Aylan y la madre- es la de cualquiera de nosotros; bien podría ser la de un niño que en a final de los 30 huía de la guerra en España o la de un niño mozárabe al ser expulsados del Reino de Valencia en el siglo XVII. Pero en este caso no hace falta, no debería, intentar trazar paralelismos con nuestra realidad más próxima para sensibilizarnos. A la imagen de Aylan sencillamente nos une la humanidad de la que todos, por encima de culturas y fronteras políticas, formamos parte, y eso, debería bastar.

Pero a tenor del rumbo de las cosas no es suficiente. Hemos visto en vídeo decapitaciones y mil barbaridades más y no nos hemos movilizado. En unos días, cuando nos deje de doler el estómago contraído todavía porque el recuerdo de Aylan en esa playa deje de quitarnos el sueño, seguiremos discutiendo de cuestiones que resultan banales ante tanta desesperación. Los media debemos informar, pero ni ponemos ni quitamos gobiernos, aunque en este caso no se trata de una cuestión política, ni a pesar de todo religiosa, si no, como decíamos antes de humanidad, porque ningún sufrimiento humano nos debería ser ajeno. Pero no es así. Por una vez debería pararse el mundo y atender a todos los Aylan que sufren con nuestra muda aquiescencia. ¿Cuántos más niños naufragados necesitaremos para detener el drama que cuestiona nuestra complaciente impresión de ser sociedades avanzadas?

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