EL TURNO DE OFICIO Y EL PRIMO JACINTO

CARME FORCADELL Y LA DOCTRINA... MARX (GROUCHO MARX)Jorge Garcia-Gasco Lominchar abogado y colaborador de AlicanteNews

Una de mis primeras intervenciones en el Turno de Oficio, hace algo más de 10 años, consistió en asistir a un investigado (antes imputado) en una rueda de reconocimiento. Para los legos en Derecho, una rueda reconocimiento es eso que tantas veces hemos visto en la televisión y el cine: ponen al sospechoso entre 4 o 5 individuos parecidos a él en una sala para que alguien los observe y, si puede, lo reconozca. En España es habitual que se le pida al propio investigado que se traiga gente para “hacer bulto” ya que no siempre hay personas disponibles en las comisarías o en los juzgados que se presten a hacerlo.

En este caso, mi cliente, a quien vamos a llamar Bernardo para preservar su identidad, estaba siendo investigado por un robo con violencia y uso de instrumento peligroso (atraco con navaja de toda la vida, para entendernos). Siguiendo instrucciones del juzgado instructor, se trajo a un conocido para realizar la rueda; su primo Jacinto.

Ambos rondaban los veinticinco, altos, desgarbados, con ausencia de algún que otro diente y ataviados con los correspondientes pendientes y cordones de oro a juego con el chándal Adidas de rigor. Su look estaba aderezado con unas zapatillas muy desgastadas y sendas gorras de la marca Nike. No se me escapó el detalle de que el bueno de Jacinto era muy parecido a su primo Bernardo, lo cual aparentemente era buena estrategia ya que podría sembrar dudas en el que tenía que hacer el reconocimiento. Pero había algo que no me terminaba de encajar en el plan: al primo Jacinto le faltaba la mano izquierda. Con semejantes precedentes, el espectáculo estaba servido.

La cosa empezó cuando los pusieron en la rueda (de espaldas contra una pared blanca con señales que indican la altura) acompañados de otros 3 o 4 fulanos “ofrecidos voluntarios” de los calabozos. Todos tenían las manos en la espalda. La víctima, una señora de unos 75 años, que se aferró al bolso son la fuerza de una soldadura de acero nada más verlos (a pesar de estar detrás de un cristal opaco) no tardó ni un segundo en identificar al sospechoso; lo hizo con tanta seguridad que sorprendió a todos los presentes.

– ¿Señora, está Usted completamente segura? – preguntó el juez algo desconcertado.

– ¡Ay sí, es él, es él! – exclamó ella mientras se estremecía y apretaba aún más el bolso entre sus brazos.

Hasta aquí, todo normal… Hasta que salimos todos a darle al “reconocido” la noticia, que no era otro que el pobre primo Jacinto…

– ¡¡Lo sabía… Si es que lo sabía!! ¡¡Berny, hijoputa, no sé pa qué te hago caso!! – le vociferaba al primo Bernardo, al tiempo que se golpeaba repetidamente en la frente, mientras que aquel guardaba un sospechoso silencio cobarde (mejor él que yo, pensaría)

A los pocos segundos, se encaró con la pobre anciana, aterrorizada ante la airada reacción del chico.

– ¡¡¿¿Y Usted, qué??!! ¿Vieja cegata, qué cojones dice…? ¡¡Yo no le hecho ná…!!

Tras dos o tres minutos de discusión en pleno pasillo, el pobre Jacinto terminó por echar “mano” a su último recurso argumental, esta vez dirigiéndose directamente al juez en un desesperado intento por zafarse de lo que se le venía encima:

– Se lo juro por mi mare, Don Juez… ¿¿Cómo voy yo a robar a nadie, pero si ME FALTA UNA MANO?? … A ver, si con una mano cojo la navaja ¿¿con qué mano cojo las cosas que robo…?? ¡¡¡MIRE, MIRE!!! – vociferaba el pobre mientras exhibía el muñón de la mano izquierda.

Y la verdad es que no le faltaba razón al pobre chico. Su argumento, aunque toscamente expuesto, no estaba exento de lógica… Se nos hacía harto difícil imaginar un atraco perpetrado por un manco y que encima esa circunstancia le pasara inadvertida a la víctima…

Finalmente y tras insistir mucho a la señora, ésta reconoció que el atracador debía tener dos manos porque, efectivamente, con una sujetaba la navaja y con la otra le arrebataba las pertenencias; a no ser que llevara una mano postiza (como sugirió el fiscal), variable ésta que añadía un poco más de surrealismo a la situación, para desconcierto de todos los presentes…

Por suerte para el pobre Jacinto, esa tesis quedó descartada. Así que, tras un susto de muerte, en el que sospecho se le aflojó el esfínter y posiblemente otro par de dientes, conseguimos reconducir la situación, de modo que salió de allí tal y como entró: por su propio pie y acompañado del impávido primo Bernardo, que no dijo ni “esta boca es mía” durante el tiempo que estuvo allí, lo que me hizo pensar que “Berny” no era tan simplón como cabría esperar en un primer momento y que no era descartable que todo ese número estuviese perfectamente planificado.

Como buen picapleitos oportunista que soy, aproveché ese desliz de la señora para sembrar lo que en Derecho Penal se conoce como una “duda razonable”, consiguiendo la absolución para el amigo Bernardo…

Así que, ya lo sabéis, amigos y amigas, si algún día un primo os pide que le acompañéis a una rueda de reconocimiento, decidle como a la droga: NO.

En fin, cosas que le pasan a uno…

 

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