¡Están locos estos conductores!: Conductas imprudentes en la carretera

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Conductores que lían cigarrillos mientras conducen, que contestan a “esa llamada tan urgente” en el móvil, que no se resisten a echar un ojo al whatsapp o que manejan la lista de reproducción de música mientras circulan a 90, 120 km/h o en plena ciudad… Les hemos preguntado a expertos por qué se realizan estos actos, estas pequeñas locuras, que objetivamente sabemos son peligrosas, pero que, tal vez, en alguna ocasión todos realizamos, dice la DGT.

Parafraseando a Obélix, el personaje de cómic creado por Goscinny y Uderzo podríamos decir: “¡Están locos estos conductores!”. Porque ¿cómo definir, sino como pequeñas locuras, acciones como liar un cigarrillo al volante o elegir una canción de la lista de reproducción del ‘smartphone’ cuando circulamos a 120 km/h? ¿O conversar por whatsapp con un amigo mientras conducimos? Por no referirnos a los que leen libros o periódicos, manejan su tablet, contestan esa llamada telefónica tan urgente, tratan de llevar la contabilidad de su negocio al volante o toman notas soltando el volante de su vehículo…

Y si somos objetivamente conscientes de que contestar al móvil mientras conducimos es peligroso, ¿por qué lo hacemos?

La psiquiatra Ángeles Roig, jefa del Servicio de Salud Mental del Hospital La Paz, da una primera explicación: “Somos todos los conductores quienes, alguna vez cometemos esas pequeñas infracciones. Es decir, somos todos, por el hecho de ser humanos y no robots los que en algún momento nos salimos de la norma, generalmente de muy bajo perfil y muy poco frecuentemente”.

El profesor de Psicopatología de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Europea, Alberto Bellido, señala que “la conducción es un comportamiento en el que, a medida que vamos adquiriendo experiencia, somos capaces de automatizar, lo que supone que, con el tiempo, requiere de menos recursos atencionales por nuestra parte”. Bellido pone el ejemplo de que cuando comenzamos a conducir apenas somos capaces de cambiar de emisora de radio mientras estamos al volante y que, con el tiempo, lo hacemos sin pensar. “El problema es que esos pequeños ‘actos’, como cambiar la emisora de radio, hablar con el acompañante, darse la vuelta para mirar a los niños… son capaces de distraer nuestra atención de lo que ocurre en la carretera el tiempo suficiente para sufrir un accidente”. Y no solo porque no estemos atendiendo, sino porque si se produce una situación de riesgo en esos momentos de dis- tracción, “nuestra capacidad de respuesta estará disminuida, de modo análogo a lo que ocurre en situaciones de cansancio o fatiga, sueño o incluso consumo de alcohol”.

Conductas inapropiadas

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Malas posturas, las justas

En especial en los viajes más largos, los ocupantes del vehículo tienden a adoptar posturas ‘más cómodas’ –por ejemplo, para dormir–, y que, aunque no parezcan peligrosas, sí lo son en caso de accidente. Así, viajar muy reclina- dos, con los pies en el salpicadero –incluso sacándolos por la ventanilla–, hacen perder eficacia al cinturón o que éste nos retenga peor en caso de choque o frenazo brusco. Las lesiones, en caso de accidente, puede agravarse. Incluso el pasajero puede deslizarse por debajo del cinturón en lo que se conoce como ‘efecto submarino’. Es fundamental que todos los ocupantes se abrochen correctamente los dispositivos de retención y coloquen correctamente el asiento.

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El doble peligro animal 

Un animal suelto en el interior del vehículo en marcha tiene un doble peligro: la posibilidad de que interfiera en la con-ducción, porque, por manso que sea, puede tener un comportamiento impredecible, y segundo, porque en caso de choque se desplaza por el interior del habitáculo, golpeándose y golpeando a los ocupantes, con un peso que se multiplica en función de la velocidad (por ejemplo, a 56 km/h, por 35). Esta infracción (castigada en el Reglamento de Circulación con multas de 100, y hasta 200 € si va en el regazo del conductor), pone en peligro nuestra vida y la de la mascota. Y es que, según un estudio del RACE, de hace unos años, 7 de cada 10 personas desconocen las normas para transportar a sus mascotas en vehículos.

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Con el niño en brazos

En ocasiones se ve a vehículos circulando con pequeños sin los ele- mentos de seguridad adecuados. Aunque viajar con niños es, a veces, complicado –son expertos en sacarnos de quicio con sus gritos y protestas–, un niño sin elementos de seguridad corre un grave riesgo. Y de nada vale que vaya en brazos de un adulto: a 60 km/h, el peso de un persona, en caso de choque, se multiplica por 56, y un chico que pese 18 kg –habitual entre 3 y 6 años– pasa a pesar unos 1.000 kg y si pesara 25 kg, cerca de 1.300. Nadie, por fuerte que sea, puede sujetar a un bebé en caso de choque a más de 5 km/h. Llevar a menores sin el elemento de retención homologado a su talla y peso es un infracción grave a la Ley de Seguridad Vial y se sanciona con multa de 200 € y, además, se inmoviliza el vehículo.

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Liarse un cigarrillo…!

Fumar mientras se conduce puede provocar distracciones. De hecho, hace años las aseguradoras británicas consideraban que un 5% de los accidentes podría atribuirse directamente a fumar al volante. Por ejemplo, encender un cigarrillo hace retirar la vista de la vía durante 4 segundos, que a 120 km/h supone recorrer 130 metros a ciegas… Pero si el conductor debe liar el cigarro, el tiempo en que retira las manos del volante y la atención de la carretera es mucho mayor. De hecho, le ofrecemos una secuencia de 90 segundos de un conductor manipulando el cigarrillo, sin prestar la atención debida.

Además, retirar las manos del volante pueden provocar que ante un bache inesperado o cualquier sorpresa, reaccionemos tarde y no podamos evitar el susto o el accidente.

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Llamadas, whatsapp, música…

Si antes una infracción típica era hablar por el móvil, ahora, los teléfonos inteligentes han ampliado mucho la gama de distracciones y hay conductores que manipulan la lista de reproducción para elegir canción, que whatsapean, que teclean una contestación o un número… Si marcar un teléfono distrae al conductor 13 segundos (recorre más de 400 metros a 120 km/h) u 8 segundos (266 metros a 120 km/h), responder a una llamada, conversar por whatsapp o similar es una catástrofe en potencia… ¡Y muchos conductores lo hacen con móviles y hasta con tablets! Y eso que varios estudios determinaron hace tiempo que hablar por el móvil hace crecer entre 4 y 9 veces el riesgo de accidente y que conducir hablando es similar a conducir con una alcoholemia de 1 gr./l.

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Ojear papeles, ordenar facturas…

Las patrullas de helicópteros cuentan que a menudo graban a conductores que simultanean tareas con la conducción. Transportistas, representantes, comerciales… que, al volante, ojean papeles de su próxima entrevista, un albarán o, incluso, ordenan facturas, anotan datos, hacen cuentas… Mientras se hacen estas tareas, se retira la vista –y sobre todo la atención– de la vía. Existen muchos peligros: desviarse de la trayectoria, chocar contra quien circula en sentido contrario, salirse de la calzada, alcanzar a un vehículo que circule delante… En los 10 segundos que dura esta secuencia –cuando comienza ya está ojeando papeles–, a solo 60 km/h se re- corren más de 150 m sin mirar: ¡mayor distancia que la longitud de un campo de fútbol!

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Comer, beber, tomarse un helado…

Al volante, conductas que en la vida normal no revisten ninguna peligrosidad pueden tornarse críticas. Comer o beber mientras se conduce conlleva no solo el riesgo de distraerse cuando se abre, por ejemplo, la lata o la comida, sino de realizar un mal movimiento si, por ejemplo, se cae la comida o bebida sobre la ropa…

Por ejemplo, en la imágen que adjuntamos el conductor lleva una mano ocupada con un helado; si se le cayera, ¿no se llevaría una susto que podría provocar una maniobra brusca, sorpresiva para otros conductores, y acabar en un accidente?

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Afeitándose, cepillándose los dientes…

Dicen que muchas mujeres aprovechan los semáforos para pintarse los ojos o maquillarse, pero de ahí a realizar la higiene personal en marcha…

Existeel caso de un camionero que se cepillaba los dientes mientras conducía, en una secuencia de más de 32 segundos. Su conducción negligente se castiga con multa de 200 euros. Pero también hay conductores que se dan un repaso al afeitado mientras conducen. Naturalmente, retirando al menos una mano y, por supuesto, la atención de la conducción.

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Frenazo, marcha atrás y choque

Una mala costumbre, cuando nos pasamos de la salida que deseamos tomar, es frenar bruscamente para tratar de cogerla… O incluso dar marcha atrás. Sobre todo, porque si no miramos por el retrovisor y quien viene detrás no respeta la distan- cia de seguridad y circula demasiado cerca, en especial si se despista, suceden choques, alcances traseros, realmente poco explicables y lametablemente trágicos. En numerosas ocasiones, po- cos centenares de metros más adelante suele haber un cambio de sentido que les permitiría recuperar su trayecto sin perder casi tiempo, pero ellos prefieren hacerlo así. En muchas ocasiones, no pasa nada. Pero en otras, sí.

 

EXPERIENCIA PERSONAL. Para Javier Roca, del Departamento de Psicología Evolutiva y Educación de la Facultad de Psicología de la Universidad de Valencia, el comportamiento de las personas está fuertemente influenciado por la experiencia directa (“las cosas que hacemos y que tienen unas consecuencias que experimentamos directamente”), por la observación (“las consecuencias que determinados actos tienen para los demás”) e incluso por el conocimiento abstracto (“decidimos hacer, o dejar de hacer algo porque sabemos que es lo mejor, aun- que no hayamos vivido ni observado sus consecuencias”).

Eva Muiño, en nombre de todo el Grupo de Tráfico e Seguridade del Colexio Oficial de Psicoloxía de Galicia, explicando el modelo homeostático de Wilde, señala que “el nivel de riesgo percibido va a depender de la evaluación que hace el conductor de los costos y beneficios como consecuencia de sus decisiones más prudentes o más arriesgadas”. Esto depende de variables econó- micas, sociales, culturales, políticas, educativas y personales. “Las con- secuencias puramente económicas tienen mucho peso en la percepción subjetiva de utilidad, pero también se ven influidas por valores asocia- dos con la cultura, la presión del grupo de referencia, identificación con el rol por la edad o el género, además de rasgos de personalidad”.

“El problema –explica Javier Roca– es que en el tráfico nuestra experiencia directa y las cosas que podemos observar en los demás parecen estar en contradicción con la información que nos llega de la normativa de tráfico o de las recomendaciones de seguridad”.

Y pone el ejemplo de que un con- ductor decida circular unos pocos kilómetros por hora por encima del límite. “Seguramente su experiencia directa no le reportará ninguna consecuencia ese día. Además, es poco probable que observe a otro conductor que cometa la misma infracción y tenga un accidente”. De hecho, Roca señala que solo mirando las cifras globales, basadas en estudios de accidentalidad y lesividad, ve- mos que los excesos son un riesgo que se deben evitar. “Nuestra experiencia solo nos muestra una minúscula parte de la realidad y podemos pensar que el riesgo de determinados comportamientos es mínimo o inexistente. Esta disociación entre la experiencia cotidiana y la información basada en los grandes números podría explicar que algunos conductores tiendan a minimizar el riesgo de muchos comportamientos”.

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Eva Muiño, citando el modelo de Riesgo Cero de Naatanen y Summala, explica que los conductores se mueven por motivos excitatorios e inhibitorios. Los primeros llevan a tomar decisiones arriesgadas y “empujan a adoptar una conducción agresiva, veloz e infractora” y cita entre estos motivos a emplear el menor tiempo posible en un desplazamiento, adelantar en una caravana, emociones derivadas de la conducción (“aquel me ha adelanta- do muy mal”) o ajenas a la misma (divorcios, enfermedades, problemas laborales…), normas prevalentes en su grupo sociales y transmitidas a través de publicidad, películas, series…, exhibicionismo, autoafirmación y búsqueda y aceptción de riesgos y emociones intensas por aburrimiento o imposibilidad de alcanzar las metas en esta sociedad competitiva.

“La experiencia sin consecuencias aversivas –explica Eva Muiño–, hace que se minimicen los actos de manera que las consecuencias negativas que percibimos son menores, mientras que las ventajas de los motivos excitatorios son evidentes. Así, la exposi- ción repetida a una acción sin castigo, pero con ventajas (me salto el se- máforo y llego pronto a mi cita) hace que el conductor minimice el riesgo asumido”.

La psicóloga Pilar Bravo, asesora de la Vocalía de Seguridad Vial del Colegio de Psicólogos de Madrid y directora del Centro Médico Psico- técnico Arenal, coincide en esta idea: “Ser pequeñas y cotidianas, es lo que hace peligrosas estas locuras”. Ade- más “el accidente ocurre, afortunada- mente, pocas veces y eso hace que nos confiemos en que no va a ocurrir. Y ese es realmente el peligro, que no tenemos interiorizado que existe una amenaza real si no cumplimos esas pequeñas normas”.

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PUBLICIDAD Y EDUCACIÓN. Las campañas de seguridad vial son, para Pilar Bravo, “las menos efectivas a nivel publicitario: se dirigen a un amplio espectro de población, no satisfacen necesidades (‘no venden nada’) y no son populares”. “Solo existe una solución para erradicar estos malos hábitos, la educación. Y cuando esta es más eficaz, en los primeros años de vida, cuando implementar conductas es muy fácil. Y hablo de la educación vial en el ámbito familiar y en el escolar”.

En la misma línea, Eva Muiño señala que “la cuestión correctora no siempre debe venir dada por una sanción de los agentes de la autoridad, sino que la sanción cívica debería ser una de las herramientas eficaces para mejorar la ejemplaridad”. Asimismo opina que, siguiendo el modelo jerárquico de Botticher y Van Der Molen, “las medidas deben ser motivaciones, deberían minimizarse las opciones que implican mayores riesgos y maximizarse las ventajas derivadas de las acciones prudentes; a través de sistemas de incentivos, informaciones claras y adecuadas de los riesgos que conlleva una conducción arriesgada”.

PRISA Y VALORES SOCIALES. La psiquiatra Ángeles Roig apuntados aspectos relacionados con la educación. El primero sobre las maneras cívicas de comportarse, “las llamadas buenas maneras, que ya no se tienen en cuenta y que posi- blemente estén en relación con los valores morales que tanto han cambiado en nuestra sociedad”. La segunda es que resulta fundamental “al exigir que se cumplan todas las normas de circula- ción que estas se racionalicen y que no exista ninguna incumplible”; y cita como ejemplos errores en la señalización o limitaciones ‘imposibles’, como 20 km/h en carretera.

Alberto Bellido aporta una nue- va perspectiva: “Vivimos pendientes del reloj, vamos rápido de un si- tio a otro porque tenemos hora de entrar al trabajo, de recoger a los niños… Con un tipo de vida así, no es extraño que el coche se convierta en un lugar invadido por nuestros problemas cotidianos y nuestra obligaciones, lo que nos lleva a intentar aprovechar ese tiempo para otras cosas y no para centrarnos en la conducción”.

 

Gente normal y pequeñas-graves locuras

El comportamiento al volante, como cual- quier comportamiento humano, es enorme- mente complejo y muchas variables pue- den encontrase tras una determinada con- ducta de riesgo: hablar por el móvil, un giro prohibido, saltarse un semáforo, ir a más velocidad de la establecida… En este tipo de conductas, generalizando, cuatro gru- pos de variables influyen de manera importante, siendo unas más estables (y por ello más predecibles) y otras más situacionales (y más impredecibles):

1. Externas, como el estado de la carretera, la visibilidad, la hora del día, la posibilidad percibida de poder ser sancionado, etc.

2. Personales, como la edad, la personalidad, el sexo, los valores, las actitudes, las motivaciones, la experiencia, etc.

3. Relacionadas con la cultura-país en el que se vive: es bien sabido que la proclividad al accidente varía mucho en los distintos países, especialmente porque varía la educación y la formación. Hace unos años, por ejemplo, un joven español, a igual número de kilómetros recorridos, tenía casi el doble de posibilidades de muerte en accidente de tráfico que un sueco, un holandés o un inglés.

4. Las situaciones, como el estado físico, fatiga, prisa, un poco de alcohol, estrés, sueño, una discusión, una pastilla, un problema en el trabajo, un mal día… Estas variables situacionales, difíciles de predecir y de controlar, son las peores de todas y las que explican que personas maduras, sensatas, sin problemas conductuales, de personalidad o sociales, con buen grado de “conciencia vial”, en un momento determinado realicen inexplicables conductas de riesgo, que no son en absoluto habituales para ellos y que pueden desembocar en un grave accidente vial.

Es uno de los grandes retos a abordar en el futuro de la seguridad vial y que necesita una importante investigación para luego poder realizar actuaciones preventivas.