Al final todos lo mismo

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Los acuerdos que intentan fraguarse en la Generalitat Valenciana y ayuntamientos de la Comunidad, están homogeneizando a todos los partidos, los nuevos y los viejos, en torno a una idea fundamental: conservar o conquistar el poder.

Todos casta. Incluso Podemos.

Tras abrirse las urnas nos encontramos no con la decisión de los votantes sino con la de las élites políticas, los dirigentes. Pasan por encima de programas, ideologías y creencias.

Tratan simplemente de alcanzar su doble objetivo: todos contra el PP (con la creación del tristemente célebre “cordón sanitario” estrenado en Cataluña con el Pacto del Tinell) y alcanzar el poder.

Y en este doble juego vienen las apetencias personales adobadas de orgullo y desprecio. El modelo a seguir es el de Compromis y su “representanta” más cualificada: Mónica Oltra cuyas aspiraciones a la Presidencia de la Generalitat son infinitas.

Trufada de vanidad y de malas maneras pretende ocupar la Generalitat no a golpe de voto (son los terceros en el ranking) sino a fuerza de exabruptos. Quiere pasar por encima no ya de la fuerza más votada (el PP) sino del propio PSPV y de su representante Chimo Puig.

Tras haber colocado en el Ayuntamiento de Valencia al catalán Joan Ribó en un pacto con Podemos y el PSPV incumple el suyo de dar paso a la Pesidencia a la fuerza más votada, excepción hecha de los populares.

No podrá negar la soberbia Oltra sus orígenes del leninismo más extravagante y sus extravagancias en la Cámara.

Se quitó de medio a GloriaMarcos, se ha quitado a Morera y se quitará a Puig y al “sursum corda”.

¡Ojo con ella!

¡Y ojo con la interpretación que las fuerzas de izquierda hacen de la voluntad popular!

Al final nos encontramos con situaciones ya repetitivas: todos los partidos aspiran al poder; cuando lo tienen quieren ampliarlo y en el ejercicio repetitivo del mismo se corrompen.

A unos les cuesta más llegar a la corrupción; a otros la corrupción les acecha desde ya.

Es el sino de la política y de quienes han llegado a ella para eternizarse y servirse de ella.

La democracia, en todo caso, tiene una enorme ventaja sobre cualquier otro sistema: cada cuatro años hay elecciones y todo es cuestión de tener aguante y paciencia. Mil cuatrocientos sesenta y un días pasan volando.

¡Aunque suframos!

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