Alemania, Ucrania, Cataluña

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Hace 25 años tuvo lugar el último gran acto de solidaridad europeo: la reunificación de Alemania.

Ello, a pesar de que los políticos europeos no son moralmente mejor que los nuestros: Helmut Kohl, el padre de aquel milagro, fue enviado al ostracismo por financiación irregular de su partido ¿Les suena el concepto?.

La generosidad fundamental fue la del pueblo alemán occidental: viviendo muchísimo mejor que sus hermanos bajo el comunismo, sacrificaron su bienestar a corto plazo —durante bastantes años— para que los alemanes del Este se fuesen acercando a su nivel de vida, para formar así un único mercado, un solo país. Justo, todo lo contrario de lo que predican los independentistas catalanes.

Por eso, a falta de otros méritos, vale la pena preguntar: ¿a qué se dedican los líderes europeos en sus numerosas e interminables reuniones que preside hoy día —vaya por dónde— el luxemburgués Jean-Claude Juncker, bajo cuyo mandato su país sirvió para defraudar fiscal y masivamente al resto de Europa?.

Pero no entremos en paradojas. La UE se escandaliza ahora por la posible secesión de Ucrania —ajena a esa organización—, pero no dice ni mu de la de Cataluña, preludio de otras posibles, en Flandes, Córcega, Padania, etcétera, etcétera. Al igual que con las fichas de dominó, la caída de la primera de la fila puede provocar el derrumbe de todas ellas.

¿Acaso es lo que pretende? ¿La desaparición de una UE costosa, contradictoria, inservible… y sustituirla por otra de pocos países, homogéneos, con valores comunes y una vocación de unidad económica y política a todo trance?

El tema, trascendiendo de los rifirrafes de puertas adentro de España, es para reflexionar sobre él largo y tendido.