Autopsia a un nugget

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Me encanta ver los experimentos culinarios de  Jamie Olivier. Sobre todo cuando deja al descubierto el contenido  de algunos alimentos que no son lo que parecen ni lo sanos que nos aseguran.

Hace un tiempo invitó a un pequeño grupo de niños a presenciar cómo preparaba unos nuggets caseros de pollo. Con huesos picados, grasa, vísceras, sal, harina de maíz y poco más. Ante la presencia del pollo descuartizado sobre la mesa de trabajo, los niños mostraban su asco y su rechazo a probar después el tan deseado bocadito de pollo de las cadenas de comida rápida.

Pero cuando los nuggets tomarn forma y se pasaron por el aceite de la sartén, los pequeños cambiaron de opinión aceptaron la comida.

Con todo, los suyos era unos  nuggets «saludables»: carne y restos de pollo, harina de maíz y condimentos. Sin silicona,  sin derivados del petróleo como los venden las grandes cadenas de comida american. Una sutil manipulación en  forma de minihamburguersa y los niños, que demostraron aprensión al ver el cadáver del animal, pasaron a desear tomarlo.

Reflexionando sobre ello ha pensado: ¿Qué pasaría si los restaurantes mostraran en sus cartas las fotos de los productos desnudos, antes de cocinarlos?  No pueden despertar rechazo unas flores de brócoli ni unos garbanzos en remojo, pero un filete de carne roja con sus vetas y su sangre, unos higadillos o un pollo abierto de arriba a abajo son otra cosa…..

Pero el conocimiento y la información a veces no son todo para que uno cambie sus hábitos. Ni siquiera son suficiente los estudios e investigaciones que dejan al descubierto el engaño de los alimentos.

Unos meses después de la publicación en la revista médica American Journal of Medicine de la investigación del doctor Richard DeShazo (jefe de la investigación y miembro del Centro Médico de la Universidad de Mississippi) sobre la materia en que están hechos los McNuggets, seguimos comiéndolos a cajas llenas.

DeShazo se llevó al microscopio un par de bocaditos de pollo tal y como suelen analizarse en medicina forense y encontró que el 50% de su contenido  es pechuga y muslo de pollo, pero la otra mitad es una mezcla de desechos de animal: grasa, vasos sanguíneos, cartílagos y nervios.  Y además todo ello va mezclado con una buena cantidad de grasa, sal y azúcar. Esta información se unía a  otras investigaciones en las que los análisis químicos encontraron  dimetilpolisiloxano (un tipo de silicona con propiedades antiespumantes utilizados en cosméticos),  butilhidroquinona terciaria (TBHQ), un producto a base de petróleo con propiedades antioxidantes,  que la industria  usa en lacas, barnices y pesticidas, entre otros.

Y los niños se vuelven locos por los nuggets.  Porque la masa resultante tiene buen sabor. Como muchos otros productos: bolitas de queso, fritos de maíz y otros snacks que contienen potenciadores del sabor que los hacen deseables y  que constituyen auténticas amenazas  para la salud. Pero los comestibles que tiene un sabor agradable no son equivalentes a  alimentos saludables. ¿Por qué los padres llevamos a los niños a estas cadenas de restauración,  les compramos una cajita similar a  un regalo con un juguetito dentro, los nuggets, una bebida azucarada y un postre lácteo y le damos el carácter de fiesta? ¿Hemos leído estos estudios?  He encontrado a muchos padres que responsabilizan a los niños de estas comidas. «Es que a mi hijo le gusta…..es lo único que come sin que haya que perseguirle..»

Sí, probablemente los bebés nacieron reclamando esta comida y marcando el camino a estos restaurantes. Y probablemente educar en la salud supone mucho más esfuerzo para todos que contentarles con una cajita de grasa y aditivos.

La industria ha cogido la carne que la nutrición convencional califica como la más saludable y la ha convertido en un producto grasiento, desequilibrado y con azúcar. ¿Qué no se habrá hecho con otros miles de productos que llenan las estanterías de los supermercados?

Si esta misma radiografía forense se practicara a caldos de cocido envasados en brick, lasañas congeladas, pastas cocinadas y deshidratadas al queso o salsas envasadas (a la carbonara, a la boloñesa….) ¿qué saldría de sus análisis?  ¿Nos podemos fiar de la industria alimenticia? ¿Vende lo que promete y lo que anuncia?

Si hacemos accesible la ruta a los restaurantes de comida rápida a nuestros hijos y no les enseñamos a cocinar, ellos seguirán este mismo camino como algo naturalizado. Por eso, al igual que les enseñamos de pequeños a lavarse los dientes, los llevamos a clases de natación, de inglés o de tenis, deberíamos incluir como materia de aprendizaje las clases de cocina. Un niño que crece sabiendo cuál es su equilibrio nutricional, y aprende a diferenciar los alimentos que le hacen bien de los que le perjudican, no se deja engañar por rebozados y presentaciones suculentas. Un niño que aprende sobre el concepto salud se responsabiliza de ella de adulto y no deja todo el peso de la curación en manos de su médico. Por eso, y hasta que los colegios incorporen la nutrición  como asignatura, cocinemos en familia y acerquemos los alimentos mediterráneos a nuestros hijos. No sea que la próxima generación sea incapaz de identificar un plato de garbanzos, el pollo  se convierta en nuggets y las manzanas sean solo el fruto del árbol del paraíso.

 

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