El lastre de la deuda pública

Opinión José Luis Pichardo grande

Dicen que las ferias se convierten en el principal barómetro para medir la situación tangible de un sector profesional. Y es cierto. Porque a base de visitar un certamen tras otro, con independencia del sector o sectores a los que esté dedicado, lo cierto es que efectivamente, tras recorrer los pabellones de los principales eventos nacionales e internacionales, se pueden testear las corrientes económicas que marcarán la senda de una actividad durante los próximos meses.

Y eso es precisamente lo que ha demostrado la séptima edición de Forinvest. Un certamen que se consolida como una de las grandes apuestas en el ámbito de los productos y servicios financieros, en el que durante tres días han desfilado una gran parte de los principales espadas de la economía española.

Eso, con el añadido de contar con una amplia representación de expositores y profesionales del sector financiero, empresarial, emprendedor, tecnológico o de los seguros, que han aportado una visión real del presente y futuro de nuestros indicadores económicos.

Y esos indicadores, a pesar de lo que se ha dicho y de lo que nos gustaría a la mayor partes de profesionales, familias y pymes evolucionan a menor velocidad de lo que nos ofrecen los datos de la prensa diaria.

Ello es debido a factores clave que no invitan al optimismo en un plazo corto de tiempo. Porque después de escuchar a directivos de Bankia, Caixabank, Santander y algunos empresarios, la conclusión es que la recuperación de la economía española es un hecho. Efectivamente. Pero el problema radica en que lo hace desde una perspectiva macroeconómica, lo que se traduce en que el capital sigue sin apenas llegar a familias y pymes, lo cual retrasará inevitablemente la tasa de reducción del paro a corto plazo.

Una contradicción que también ahoga la concesión de crédito, y que tiene al elevado coste de la deuda pública uno de sus principales enemigos para iniciar la senda de la recuperación.

Porque ese factor es clave para entender por qué la economía española sigue ahogada a pesar de mostrar un camino de tasas positivas. Algo en lo que coinciden los principales dirigentes del mercado.

Con un índice de deuda superior al 94%, ni España ni ningún país del mundo puede asentar sus reformas para impulsar el mercado laboral, entre otros hándicaps.

Ello conduce a que queda mucho por hacer, y que la recuperación no tiene una fecha fidedigna de inicio, a pesar de lo que nos puedan decir las previsiones de diversos organismos.

Porque es necesario bajar o sostener esa deuda, recortando por ejemplo, en las administraciones públicas. Uno de los grandes caballos de batalla en los que Bruselas insiste al Gobierno de Rajoy. Y a partir de ahí una mayor flexibilidad del mercado laboral, con una reforma fiscal que permita oxigenar a las empresas y no ahogarlas, como sucede ahora, lo que permitiría en un corto plazo de tiempo que esos niveles de deuda pública puedan descender de una manera efectiva para los indicadores de los mercados.

A nadie se le escapa que con un pago anual de 35.000 millones de euros en intereses, la economía española no tiene ninguna posibilidad de alcanzar a corto plazo, un dinamismo que marque la senda de la recuperación tangible, no solo en los indicadores macroeconómicos, si no en la microeconomía, que es la compuesta por el 99% de la población y las empresas.

Por eso cuesta entender y aceptar, aunque por ilusión no será, que se puedan cumplir las previsiones para este año que marcan diversos organismos, con una tasa de crecimiento nacional del entorno del 1 o 1,2%, o 1,1% para la Comunidad Valenciana, según el Presidente Fabra.

Y eso que estaremos encantados de reconocer desde estas líneas que ojalá veamos esos indicadores en unos meses. Pero de momento, las perspectivas apuntan a todo lo contrario salvo que Rajoy, De Guindos, Montoro y la UE encuentren la fórmula mágica para hacer sostenible una deuda pública que avanza con un crecimiento desorbitado y lo que es peor, si un atisbo de solución a corto plazo, a pesar de las buenas intenciones de unos y otros.

José Luis Pichardo

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