La república de los tronados

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El gran problema del republicanismo en España es la República: nada le perjudica tanto como la concreta experiencia histórica de la forma republicana en España. Dos repúblicas hubo, y ninguna figura entre los episodios encomiables de nuestro pasado. La gente que está en la calle con la parafernalia tricolor no hace más que recordar el convulso período de la II República y los motivos para huir de una repetición como de la peste.

A pesar de que tiende a ignorarse la historia, y abundan las idealizaciones de aquella república, cualquiera sabe que fue una época revuelta que acabó en una guerra civil a la que siguieron cuarenta años de dictadura. No es la mejor carta de presentación, vaya. Pero es justo la que se empeñan en exhibir los que ahora están haciendo de republicanos.

Las recreaciones plásticas de 1931-1936 que conforman esas manifestaciones con las banderas tricolores y las rojas con hoces y martillos, son demoledoras. Como el impacto visual eclipsa todo lo demás, el mensaje que envían estos actos no es “queremos un referéndum”, sino “queremos volver al 36”. Más disuasorio, imposible.

Mucho se dice que la monarquía es “anacrónica”, pero el culmen del anacronismo es este revival callejero de unos tiempos que nadie sensato desea revivir. Izquierda Unida, el principal partido de los que empuñan la tricolor, está cometiendo el error político de su vida al sacar a la calle los espectros del pasado. Tal vez contente a sus bases, pero la visión de tales fantasmas y sus enfebrecidas huestes sólo puede provocar rechazo en la mayoría.

Las dos experiencias republicanas españolas son la maldición y la perdición del republicanismo. Son para salir corriendo, que fue lo que hizo, por cierto, don Estanislao Figueras, presidente de la primera. Un buen día de junio de 1873, sin avisar previamente, hizo la maleta, subió a un tren y se largó a Francia. Había dicho en un consejo de ministros que estaba “hasta los cojones de todos nosotros”. Aunque no es la primera república, con su caos y sus ribetes cómicos, la que está en la calle, sino la segunda, con su caos y su epílogo trágico.

Hay algún que otro republicano que no vindica la Segunda. Son personas de argumentos racionales, que saben que hay repúblicas muy poco democráticas o nada, y democracias ejemplares cuyo jefe del Estado es un monarca. Sólo incurren en una falta. Una, pero descomunal: olvidan que los cambios en la forma política de un Estado no se realizan en un laboratorio.

Es de una ingenuidad peligrosa, propia de aprendices de brujo, creer que se pueden alterar piezas esenciales de un sistema político sin desencadenar ondas sísmicas. Vamos, que no es como cambiarle las bujías al coche. Por eso disponen las Constituciones de algún blindaje: para que sus vigas maestras resistan más que los hombres que las pusieron, y sobrevivan a estados de opinión pasajeros. Así será en nuestro caso. Mientras no ganen unas elecciones los tronados.