Leyendo a Piketty: la expansiva desigualdad salarial

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Como ya expusimos en el anterior artículo, la mitad del aumento de la desigualdad en la distribución de la renta desde finales de los 70 no se ha debido a las dinámicas intrínsecas al capitalismo que describe Piketty en la primera mitad de su libro sino al aumento de la desigualdad en las rentas salariales. Es lo que el francés llama sociedad “hipermeritocrática”. En el presente texto, analizaremos este aumento de la desigualdad salarial para comprobar si los razonamientos de Piketty son realmente consistentes.

Una panorámica de la desigualdad salarial en las últimas cuatro décadas

EEUU probablemente sea el caso más paradigmático de aumento de la desigualdad salarial durante los últimos 40 años: el 10% de individuos con mayor salario han pasado de copar el 28% de toda la masa salarial en 1979 a obtener casi el 35% en 2010; asimismo, el 1% con mayores salarios ha pasado del 6% al 11% (eso significa, además, que el 66% del aumento del peso de la renta salarial del top 10% se explica por la mayor remuneración del top 1%).

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Este proceso de desigualdad dentro del capitalismo no puede explicarse como resultado de las dinámicas expuestas por Piketty en la primera parte del libro: no es una desigualdad fruto de la acumulación de capital (al menos tal como lo define Piketty: excluyendo el capital humano) sino del trabajo desempeñado y —por tanto, dentro del marco pikettyiano— del mérito. Pero en este punto el economista francés también objeta: la teoría que utilizan la mayoría de economistas para explicar estas divergencias salariales, basándolas exclusivamente en el mérito, es incorrecta y se hace necesario hallar otro tipo de explicaciones.

En concreto, la teoría dominante es que los salarios dependen de la productividad marginal del trabajador y que ésta dependerá, a su vez, del nivel educativo del trabajador y de la tecnología disponible en una sociedad: a más educación y mejor tecnología, salarios más elevados. Una relación que, en el caso de EEUU, sí parece tener un cierto respaldo empírico.

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Fuente: Acemoglu y Autor (2010)

Además, también hay que tener en cuenta que los trabajadores más cualificados no sólo han pasado a cobrar más, sino que también han incrementado sustancialmente las horas semanales que trabajan: en 1979, sólo el 15% de los hombres en el quintil salarial más alto trabajaban más de 50 horas semanales, mientras que en 2006 ese porcentaje ha aumentado hasta el 26%; por el contrario, el porcentaje de hombres en el quintil salarial más bajo que trabaja más de 50 horas semanales ha caído del 21% al 13%. Más salarios y más horas trabajadas implican un porcentaje mayor de la distribución salarial.

Piketty no es que niegue la dependencia parcial de los salarios de la tecnología, de la educación o de las horas trabajadas: es que considera que hay otros factores en liza que son especialmente relevantes a la hora de determinarlos. A ese conjunto de factores los denomina “factores institucionales” y se refieren al conjunto de normativas, hábitos culturales o estructuras de poder que contribuyen a determinar las magnitudes salariales: dado que no siempre es sencillo calcular por adelantado cuál es la productividad marginal de un trabajador, los salarios podrían terminar fijándose en gran medida por estos factores institucionales.

La influencia de las leyes de salario mínimo

Un ejemplo de estos factores institucionales que contribuyen a determinar los salarios son las leyes de salario mínimo. Piketty considera que, dentro de determinados límites que no sobrepasen la productividad marginal de los trabajadores, las leyes de salario mínimo pueden contribuir a incrementar los sueldos más bajos de una economía y, por esa vía, reducir la desigualdad salarial.

Por ejemplo, el economista francés compara la evolución de las leyes de salario mínimo en Francia y en EEUU, atribuyendo buena parte de la reducción de las desigualdades salariales en Francia a este elemento: un salario mínimo más elevado significa mayores salarios en los tramos bajos del mercado laboral y, por tanto, menor desigualdad. A este respecto, Piketty considera que ya ha llegado el momento de elevar el salario mínimo federal en EEUU hasta unos 10 dólares la hora, pues tal movimiento sería escasamente distorsionador.

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Sucede que la evidencia empírica disponible a propósito de los salarios mínimos tiende a indicar que su incremento contribuye a incrementar el paro (o reducir el ritmo de creación de empleo), reducir las horas trabajadas y, en última instancia, minorar los ingresos familiares. Y, siendo así, difícilmente podrá sostenerse que la caída de los ingresos familiares entre los trabajadores menos cualificados contribuye a estrechar las desigualdades. De hecho, no parece que la estrategia más inteligente para defender un elevado salario mínimo sea la de comparar el mercado laboral estadounidense con el francés: a partir de comienzos de los 80, momento en el que EEUU deja de incrementar su salario mínimo federal en términos reales, la tasa de paro en EEUU se ha situado sistemáticamente por debajo de la francesa: la tasa media de paro francesa entre 1983 y 2013 ha sido del 9,3% y la de EEUU del 6,2%. Esos 3,1 puntos de paro son individuos excluidos del mercado laboral que, por tanto, no obtienen una renta del mercado y que contribuyen a acentuar las desigualdades.

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Fuente: FMI

Más grave todavía son los resultados en cuanto a tasa de empleo: es decir, el porcentaje de gente trabajando sobre la que tiene edad de trabajar. En tal caso, la tasa de empleo media de Francia en el período 1983-2013 ha sido del 62% y la de EEUU del 70%: ocho punto de diferencia que han equivalido a una media de casi 15 millones de personas en EEUU. Es decir, si EEUU hubiese exhibido la tasa de empleo de Francia entre 1983 y 2013, habrían trabajado en ese país una media de 15 millones de personas medias por año. ¿Habría contribuido ello a reducir las desigualdades en EEUU o más bien a incrementarlas?

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Fuente: FMI y Banco Mundial

Al final, pues, parece que la productividad sí tiene su influencia a la hora de determinar los salarios y el empleo: elevar los costes de la contratación creando un mercado laboral muy rígido (no sólo, pero también, a cuenta del salario mínimo) hace que muchas personas de baja productividad se vean excluidas del mismo.

Pero la crítica verdaderamente relevante de Piketty contra la determinación de los salarios a través de la productividad marginal no se centra en los bajos salarios (donde acepta parcialmente que, en determinadas condiciones, el salario mínimo pueda generar paro), sino sobre todo en los salarios altos: más en concreto, los salarios de lo que él llama superdirectivos.

El chivo de los superdirectivos

Los superdirectivos son “altos ejecutivos de grandes empresas que han logrado obtener remuneraciones extraordinariamente elevadas por su trabajo”. Según Piketty, el surgimiento de una clase de superdirectivos es uno de los principales factores que explica el aumento de la desigualdad en las rentas salariales a partir de la década de los 70. Como ya dijimos, dos tercios del aumento del peso del top 10% salarial sobre la masa de salarios se corresponde con el aumento de peso del top 1% salarial, donde los superdirectivos tienen una notable presencia. Pero, ¿cómo es posible que los superdirectivos hayan visto incrementar de manera tan rápida sus remuneraciones a partir de la década de los 80?

Piketty especula que, de nuevo, la fijación de salarios mediante la productividad marginal no aplica a los superdirectivos: “Dado que es imposible estimar específicamente la contribución de cada directivo a la empresa, es inevitable que su salario se fije mediante mecanismos arbitrarios y dependientes de las relaciones jerárquicas y del poder relativo de negociación de cada parte”. Los directivos, en suma, son capaces de fijarse remuneraciones muy elevadas que no están justificadas por su productividad marginal. Pero, siendo así, ¿por qué los directivos sólo comenzaron a fijarse muy elevados salarios a partir de los 80? A juicio de Piketty, por las fortísimas rebajas fiscales en el tipo marginal sobre la renta que tuvieron lugar en la mayoría de países anglosajones como EEUU, Reino Unido o Nueva Zelanda (desde tipos nominales del 90% a tipos del 20%): “Durante los 50 y los 60, los directivos de las compañías británicas o estadounidenses tenían escasos incentivos a batallar por subidas salariales, pues entre el 80% y el 90% de las subidas salariales iban a parar al Estado. A partir de 1980, el juego se transformó radicalmente y los directivos invirtieron mucho más tiempo para convencer al resto de stakeholders de que debían subirles los salarios”.

Como prueba de su argumento, Piketty aduce el caso de Francia y Alemania, países que jamás tuvieron unos tipos marginales máximos tan altos como EEUU y Reino Unido y que, en consecuencia, los fueron reduciendo mucho menos. Pues bien: en estos dos países, el aumento de la participación salarial del top 1% ha sido menor; en Francia, por ejemplo, sólo ha crecido del 5,7% al 7,2%. Según Piketty, la escasa rebaja fiscal no incentivó a los directivos franceses a renegociar sus salarios al alza.

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La tesis de Piketty de que los superdirectivos son en gran medida responsables de la explosión en la desigualdad salarial en EEUU —y en el resto de países anglosajones— resulta enormemente problemática por varias razones. Primero porque en EEUU hay alrededor de 120 millones de hogares, de manera que el 1% representa una población de 1,2 millones de hogares: parece obvio que no hay en EEUU 1,2 millones de superdirectivos. Por tanto, no todo el aumento del porcentaje salarial del 1% puede corresponderse a esta figura. Justamente por eso, Piketty acota todavía más el terreno de juego y pasa a hablar del top 0,1% salarial: en tal caso, la población es de 180.000 hogares, de los que Piketty estima que entre el 60% y el 70% sí son superdirectivos.

¿Qué sucede? Si el top 1% explicaba el 66% del aumento de la renta salarial del top 10%, el top 0,1% permite explicar menos del 40% del aumento. Y si de ese 40%, sólo alrededor de dos tercios son superdirectivos, estamos diciendo que sólo un cuarto de la variación salarial del top 10% se explicaría por los salarios de los superdirectivos. Para las otras tres cuartas partes la tesis de Piketty no sería de aplicación y habría que recurrir a la explicación mayoritaria: su mayor remuneración se debe a su mayor productividad.

Estas cifras se ven confirmadas si, en lugar de fijarnos en las rentas salariales, analizamos la evolución de las rentas totales (para las que sí disponemos de datos desagregados). Entre 1979 y 2005, el top 10% de la distribución de la renta total estadounidense pasó de obtener el 32,5% del PIB al 45%: una variación de 12,5 puntos. De estos 12,5 puntos, sólo 4,35 puntos (el 35% del total) fueron a parar a las profesiones de directivos y de gestores financieros que se hallan en el top 1%. Claro que el número de directivos y gestores financieros representa casi la mitad de la población del top 1% (alrededor de 600.000 hogares), de modo que estamos incluyendo en él no sólo a superdirectivos y supergestores financieros, sino también a directivos y gestores financieros medios pero bien remunerados. Si, como hace Piketty, restringimos la definición de superdirectivo a los que se hallan en el top 0,1%, obtendremos que la variación del porcentaje del PIB que afluye a superdirectivos y supergestores financieros ha crecido 3,16 puntos desde 1979: es decir, sólo el 25% de la variación que ha experimentado el top 10%.

Pues bien, que entre dos tercios y tres cuartas partes de la variación en la distribución de la renta experimentada por el top 10% de la distribución salarial no se explique por los superdirectivos, sino por el aumento de las remuneraciones de médicos, abogados, ingenieros e informáticos no dedicados a las finanzas, comerciales, profesores, científicos o artistas resta fuerza a la tesis de Piketty de que el motor esencial detrás del aumento de las desigualdades es la emergencia de la clase superdirectiva y hace necesario adoptar un modelo explicativo más amplio (por ejemplo, que los individuos más formados y con mayor contribución a la generación de nueva producción perciben mayor renta, esto es, la teoría de la productividad marginal).

Segundo, recordemos que, aun cuando el motor fundamental de la desigualdad fuera el surgimiento de esta clase superdirectiva, semejante circunstancia tampoco sería problemática si fuera una consecuencia de su superior productividad. Piketty sostiene que no: que es imposible medir la productividad marginal de los superdirectivos y que éstos han logrado incrementar sus remuneraciones gracias al mayor poder de negociación alcanzado tras las fuertes rebajas impositivas vividas a partir de los 80. Y, nuevamente, esta segunda tesis de Piketty también resulta altamente problemática.

Por un lado, el falso que se haya producido un radical cambio de régimen tributario para las rentas más altas en EEUU. La evolución de los tipos marginales máximos resulta poco informativa, ya que son meros tipos nominales que no tienen en cuenta todos los restantes elementos que constituyen la figura tributaria (deducciones, exenciones, bonificaciones…). Para conocer cuáles son los impuestos realmente pagados por los ciudadanos, es necesario acudir a los tipos efectivos medios: es decir, la relación entre los impuestos finalmente pagados por el contribuyente y las rentas percibidas.

Así, es fácil observar que, en términos de tipos medios efectivos, la rebaja ha sido poco apreciable, sobre todo teniendo en cuenta que a mediados de los 90 los tipos medios efectivos eran similares a los de finales de los 70 y, sin embargo, la participación del top 1% dentro del PIB ya había crecido del 8% al 14,1% (en 2010 era del 17,4%) y la participación dentro de las rentas salariales había aumentado del 6,2% al 9,8% (en 2010 se ubicaba en el 10,9%).

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Fuente: CBO

Por otro lado, no es verdad que exista una irreductible imposibilidad a la hora de determinar dinámicamente la productividad marginal de los superdirectivos. No en vano, su remuneración suele estar ligada a distintos índices que miden el desempeño de la empresa (capitalización bursátil, rentabilidad sobre activos, aumento de los beneficios, incremento de las ventas…), por lo que los salarios de muchos superdirectivos se ajustan automáticamente al valor que han generado para la empresa.

Pero es que, aun en el caso de que los superdirectivos percibieran un salario fijo, el tanteo descentralizado del mercado conseguiría descubrir poco a poco cuáles son las remuneraciones más adecuadas. Si una empresa contrata a un superdirectivo por un sueldo fijo de 20 millones de euros anuales y, posteriormente, sólo es capaz de generar un valor adicional de 10 millones anuales en nuevos ingresos, los propios accionistas tenderán a despedirlo o a bajarle el sueldo; si, en cambio, genera un valor de 50 millones de euros para la empresa, otras compañías tratarán de contratarlo sobrepujando por él. En este sentido, el mercado de los jugadores de fútbol resulta altamente ilustrativo: un equipo puede fichar a un jugador ofreciéndole una remuneración elefantiásica por cuanto espera de él un desempeño igualmente extraordinario. Si ulteriormente ese jugador no está a la altura de lo esperado, simplemente se prescindirá de sus servicios lo antes posible; si, en cambio, tiene un desempeño todavía mejor de lo esperado, otro club tratará de contratarlo y deberá aumentársele el sueldo para retenerlo en el equipo. En definitiva, el mercado de directivos sí es capaz de ir descubriendo la productividad marginal de cada uno de ellos para ir ajustando los salarios.

Piketty replica que, en caso de que ello fuera así, deberíamos observar un crecimiento de la renta per cápita en Estados Unidos y Reino Unido muy por encima del de Francia o Alemania (si los directivos son más productivos en EEUU o Reino Unido que en Francia o Alemania, esto debería traducirse en más crecimiento económica), cosa en realidad no ha sucedido: “El crecimiento económico —o, mejor dicho, el crecimiento de la renta per cápita, a saber, el aumento de la productividad— ha sido similar en todos los países ricos, con apenas unas décimas de diferencia. A la vista de estos hechos, las grandes diferencias en cómo ha evolucionado la distribución de la renta en los países ricos [Japón, Alemania, Francia, Suecia, Dinamarca, EEUU, Reino Unido y Canadá] requieren de otra explicación distinta a la que nos proporciona la teoría de la productividad marginal”.

De entrada, hay que decir que no es del todo cierto que el crecimiento de la renta per cápita entre, por ejemplo, Reino Unido y Francia durante los últimos 30 años haya sido idéntico: la renta per cápita de Reino Unido (en paridad de poder adquisitivo) ha crecido un 472% entre 1980 y 2010, mientras que la de Francia lo ha hecho en un 357%. Ahora bien, la teoría de la productividad marginal no sostiene que las diferencias en el crecimiento económico justifican per se cambios en la distribución de la renta: si, por ejemplo, todos los agentes económicos incrementan su productividad en la misma medida (todos contribuyen en la misma a generar ese crecimiento), la distribución de la renta no tiene por qué variar. Únicamente cuando los aumentos de la productividad se concentran sobreproporcionalmente en algunos individuos, éstos tenderán a obtener porciones sobreproporcionales de la renta total, acentuando las desigualdades en la distribución de esa renta. Por consiguiente, lo relevante no es tanto si la economía crece más o menos, sino si ese crecimiento es impulsado por una porción mayor o menor de los agentes económicos.

Por desgracia, conocer desagregadamente cuáles son los agentes económicos que han participado activamente en la creación de nueva producción agregada resulta complicado, cuando no imposible. Ahora bien, en cierto modo podemos aproximarnos a ello a través del concepto de “Productividad Total de los Factores”. Recordemos: el crecimiento económico de un país puede retrotraerse al aumento de la mano de obra (L), al aumento de la dotación de capital (K) y al aumento de la productividad conjunta de ambos (PTF). Las razones que explican una mayor PTF son muy diversas: capital humano, transferencias tecnológicas, sinergias en la construcción de infraestructuras, sistema financiero funcional, apertura comercial o seguridad jurídica. Pero, también, un mejor ejercicio de la función empresarial (es decir, una reorganización más eficiente de los factores productivos dados). Y aunque es concebible un mundo donde todas las personas fueran empresarios, científicos, artistas o intelectuales igualmente exitosos (mundo que Nassim Taleb denomina “Mediocristán” en El Cisne Negro), en las sociedades complejas modernas lo normal es que unos empresarios, científicos, artistas o intelectuales sean extremadamente exitosos y otros extremadamente fracasados (lo que Taleb denomina “Extremistán” en El Cisne Negro). Y viviendo en Extremistán, pues, parece razonable pensar que fuertes aumentos en la PTF indicarán que porciones crecientes de la nueva riqueza están siendo creadas por la habilidad de unas pocas personas (por ejemplo, el top 1%).

Y, justamente, eso es lo que observamos: las sociedades donde la participación en la renta total del top 1% ha crecido más intensamente durante las últimas cuatro décadas son aquellas sociedades donde no sólo la renta per cápita del país ha crecido más, sino también donde la productividad total de los factores se ha incrementado en mayor medida (calculamos la PTF como la tasa de variación entre la PTF media entre 1970-1979 y 2000-2009). Reino Unido, por ejemplo, es el país occidental donde el top 1% más ve aumentar su participación sobre el PIB desde finales de los 70 (casi un 150%), pero también es el país donde más crece la renta per cápita y donde ese superior aumento de la renta per cápita está más vinculado al aumento de la PTF. Con EEUU, Australia o Suecia sucede algo similar: alto crecimiento de la renta per cápita y alta expansión de la PTF. En cambio, en Francia, Alemania o España –países donde la participación del top 1% apenas se incrementa desde los 70—, el aumento de la PTF no juega prácticamente ningún papel (es decir, la creación de nueva producción acaece simplemente por un mayor uso de capital y trabajo).

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La correspondencia dista de ser perfecta: en Canadá, por ejemplo, la PTF decrece y, en cambio, la participación sobre la renta del top 1% aumenta notablemente; en Dinamarca, por el contrario, la PTF crece tanto como en EEUU y, sin embargo, la participación del top 1% apenas se incrementa. Pero tampoco debemos sorprendernos: es obvio que no existe una causalidad unívoca y lineal entre PTF e incremento de la participación del top 1% (aunque sólo sea porque la medición agregada de la PTF no es ni mucho menos perfecta), pero sí es fácil observar que, en general, el mayor aumento de la participación en la renta del top 1% está correlacionada positivamente con el incremento de la renta per cápita y con el incremento de la PTF; es decir, cuanta mayor producción contribuya a crear una pequeña porción de los ciudadanos, mayor será su participación en la renta total.Fuente: Piketty y Penn World Table 8.0

La tesis de Piketty de que la participación en la renta del top 1% o del top 10% se debe a que la histórica rebaja de los tipos marginales máximos sobre la renta ha conferido a los superdirectivos un mayor poder de negociación no es convincente: primero porque apenas ha habido rebaja en el tipo efectivo (muy moderada para el top 1%, cuasi inexistente para el top 10%); segundo, porque entre dos tercios y tres cuartas partes del aumento de rentas del top 10% no se explica por las mayores remuneraciones de superdirectivos, sino de profesionales en su mayoría autónomos que, por tanto, venden sus servicios en el mercado y donde la productividad marginal sí es mucho más inmediatamente determinable (de hecho, lo llamativo del caso francés, alemán o danés no es tanto que el top 1% apenas haya aumentado su participación en la renta agregada, sino que el top 10% tampoco lo ha hecho, lo que ilustra una amplia dispersión en los vectores del crecimiento dentro de estos países: más Mediocristán que Extremistán). Más razonable —y coherente con la teoría— resulta la explicación de que el top 1% cobra más, cuanto mayor haya sido su contribución a la generación de la nueva producción.

Empero, imaginemos por un momento que Piketty tiene razón: que, en efecto, la creciente desigualdad de la renta se explica porque las rebajas impositivas han reforzado el poder de negociación de los directivos de las grandes empresas, pudiendo gracias a ello acceder a salarios mucho mayores. ¿Quiénes serían los principales beneficiarios de regresar a un mundo con tipos impositivos más elevados que permitieran socavar el poder de negociación y los salarios de los superdirectivos? ¡Los accionistas de las empresas que los contratan! En el fondo, los altos salarios de los superdirectivos constituyen un conflicto redistributivo del excedente generado entre capital y trabajo: si rechazamos la teoría de la productividad marginal y consideramos que los superdirectivos desempeñarán tanto trabajo y tan bueno como el actual a cambio de salarios mucho menores, serán los accionistas los que terminarán llevándose el gato al agua; los ingresos de la empresa se mantendrán y sus gastos (salariales) se reducirán, de modo que sus beneficios se dispararán.

Piketty, pues, cae presa de sus propias contradicciones: después de haber dedicado medio libro a deplorar las tendencias desigualitarias del capitalismo debido al automatismo de la acumulación de capital a altas tasas de retorno, termina describiéndonos un mundo donde la mitad del aumento de la desigualdad se debe a que… una minoría de trabajadores explotan a los capitalistas erosionando sus tasas de retorno.

Sea como fuere, la desigualdad salarial que describe el economista francés parece estar basada, más bien, en contribuciones divergentes a la creación de riqueza por parte de los distintos agentes económicos. Se trataría, pues, de una diferencia basada en el mérito y no en la herencia: por tanto, una diferencia no criticable desde la perspectiva meritocrática de Piketty. A la postre, ni siquiera podría rechazarse apelando a supuestas externalidades negativas: que un grupo de agentes genere más riqueza que el resto no dificulta a ese resto generar riqueza, sino que en todo caso lo facilita (es más fácil generar riqueza en una sociedad rica que en una sociedad pobre).

Sólo comprendiendo que el mundo se parecerá cada vez más a Extremistán y cada vez menos a Mediocristán conseguiremos maximizar los beneficios que ello conlleva y minimizar sus perjuicios: no necesitamos sociedades más rígidas, inflexibles y planificadas centralizadamente, sino sociedades mucho más adaptables al cambio (sociedades más “antifrágiles”, en la terminología de Taleb). No más Estado, sino más libre mercado.

Claro que, para Piketty, el gran problema de verdad del capitalismo se halla en que el capital se halla históricamente cada vez más concentrado: un problema que analizaremos en el próximo artículo.