Leyendo a Piketty: la segunda ley fundamental del capitalismo

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La variable central de todo el análisis de Piketty es la ratio capital/renta (β), es decir, a cuántos años de renta nacional equivale el stock acumulado de riqueza. En el artículo anterior explicamos cómo se determinaba esa ratio: básicamente, β es igual al valor presente de las rentas futuras del capital; se trata, pues, de un enfoque forward-looking: el valor del capital actual depende de las rentas que se espera que genere mañana. El economista francés presenta, sin embargo, un enfoque opuesto al nuestro, esto es, un enfoque backward-looking: el valor del capital actual depende del valor del ahorro acumulado hasta hoy. Es lo que Piketty denomina la “segunda ley fundamental del capitalismo” y a cuyo análisis vamos a dedicar este artículo.

El enunciado de la ley

La segunda ley fundamental del capitalismo establece que la ratio capital/renta (β) es igual a la tasa de ahorro de la economía (s) dividido por su tasa de crecimiento (g), esto es:

β = s/g

Aunque pueda parecer una ley poco intuitiva, en realidad su formulación es de sentido común. A la postre, la ratio capital/renta de equilibrio se alcanzará en un punto en el que la tasa de crecimiento del capital sea igual a la tasa de crecimiento de la renta (si el capital creciera más rápido que la renta, β seguiría creciendo hasta que la tasa de crecimiento del capital cayera y se igualara con la de la renta; si el capital creciera menos rápido que la renta, β caería hasta que la tasa de crecimiento del capital aumentara y se igualara con la de la renta). Es decir, la condición para tener una β de equilibrio es que:

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Ahora bien, el incremento anual del capital (ΔK) es igual, según Piketty, a la porción de la renta ahorrada, con lo cual inexorablemente llegamos a la conclusión de que la ratio capital/renta es igual al cociente entre la tasa de ahorro y la tasa de crecimiento:

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Dicho de otra manera, si la sociedad ahorra sistemáticamente un porcentaje de su renta nacional cinco veces mayor que la tasa a la que crece esa renta nacional, la ratio capital/renta será igual a cinco. Por ejemplo, si la tasa de ahorro es del 20% y la renta nacional crece al 4%, por necesidad la ratio capital/renta será del 500%: si fuera inferior a cinco, el capital crecería transitoriamente a un mayor ritmo que la renta, de modo que β tendería a subir hasta el 500%:

  K Y β
t=1 450 100 4,5
t=2 470 104 4,519
t=3 490,8 108,16 4,53
t=200 1.226.272 245.264,4 5

 

Si fuera superior a 5, la renta crecería transitoriamente a un mayor ritmo que el capital, de modo que β tendería a bajar hasta el 500%.

  K Y β
t=1 550 100 5,5
t=2 570 104 5,48
t=3 590,8 108,16 5,46
t=200 1.226.272 245.264,4 5

 

Vemos, pues, cómo Piketty concibe el stock de riqueza a largo plazo como un fondo que va aumentando de valor conforme se van “depositando” en él nuestros ahorros. Su visión es calcada a la de un ahorrador que va guardando poco a poco dinero en su hucha para acrecentarla: si yo tengo cinco inmuebles valorados en un millón de dólares y ahorro 200.000 dólares para comprarme un sexto inmueble, necesariamente mi patrimonio pasará a ser de 1,2 millones de dólares.

En este sentido, el francés no parece considerar la influencia que desempeñan las plusvalías o minusvalías sobre el valor del stock de capital existente (la posibilidad de que los cinco inmuebles del ejemplo anterior se deprecien desde el millón de dólares a los 600.000 dólares): plusvalías o minusvalías que claramente responden a cambios en la valoración de las rentas futuras que se espera que ese stock de capital vaya a producir. O mejor dicho, considera que en agregado y a largo plazo las plusvalías se cancelarán con las minusvalías y que, por tanto, podemos omitirlas del análisis: “En el corto plazo, las variaciones (plusvalías y minusvalías) de los precios de los activos (relativos a los precios de los bienes de consumo) pueden tener una mayor importancia que el aumento del capital debido al incremento del ahorro. Sin embargo, si asumimos que las fluctuaciones de precios se compensan en el largo plazo, la segunda ley fundamental del capitalismo resulta necesariamente válida”.

Por consiguiente, y siguiendo esta restrictiva segunda ley del capitalismo, la ratio capital/renta (β) quedará para Piketty rígidamente fijada por la tasa de ahorro y por la tasa de crecimiento.

Juntando la primera y la segunda ley

Traigamos ahora a colación la primera ley fundamental del capitalismo, a saber, que el porcentaje de las rentas del capital sobre la renta nacional es igual a β por la tasa de retorno del capital (α = β · r): en tal caso, si conocemos la tasa de retorno, la tasa de ahorro y la tasa de crecimiento natural de la economía, conoceremos el peso de las rentas del capital sobre la renta nacional.

Por ejemplo, supongamos que la tasa de retorno del capital es del 5%, que la tasa de ahorro es del 12% y que la tasa de crecimiento natural es la economía es del 2%. En este mundo, la ratio capital/renta será de 6, lo que multiplicado por un retorno del capital del 5% significa que los capitalistas se apropiarán del 30% de la renta nacional (frente al 70% de los trabajadores). Ahora bien, supongamos que los capitalistas deciden ahorrar la totalidad de ese 30% de renta nacional del que se apropian: en tal caso, la tasa de ahorro aumentará hasta el 30% de la renta nacional. Este ritmo de ahorro e inversión supondrá que, a largo plazo, β se elevará hasta 15, con lo que, si la tasa de retorno del capital se mantuviera constante al 5%, los capitalistas pasarían a apropiarse del 75% de la renta nacional.

Ciertamente, Piketty no considera que esta tendencia hacia la concentración capitalista sea un resultado inexorable dentro de una economía de libre mercado (pues la tasa de retorno del capital, la tasa de ahorro y la tasa de crecimiento podrían adoptar valores que llevaran a una desconcentración capitalista), pero sí cree que será un resultado muy probable siempre que la tasa de ganancia supere a la tasa de crecimiento de la economía (r>g): en tales circunstancias, los capitalistas sólo tendrán que seguir aumentando su tasa de ahorro para terminar copando la totalidad de la renta nacional.

Sucede que estas conclusiones sólo resultan válidas en tanto en cuanto aceptemos como válida la segunda ley fundamental del capitalismo; una ley que, como ya vimos, se basa en un enfoque backward-looking de la valoración del capital: un enfoque incorrecto que invierte las auténticas relaciones causales dentro del proceso económico.

La auténtica causalidad en la creación de riqueza

Como decimos, para Piketty el valor de la riqueza presente es igual a la suma de todo el ahorro acumulado durante el pasado (restando, eso sí, la depreciación acumulada). El enfoque es claramente equivocado, ya que no todo ahorro inmovilizado en bienes de capital será capaz de retener su valor histórico: si un capitalista invierte cien millones de dólares en una compañía que entra irremediablemente en pérdidas, el valor de mercado de esa compañía caerá próximo a cero; si, en cambio, invierte 100.000 dólares en una compañía que revoluciona un sector económico y que, en consecuencia, se espera que vaya a generar rentas millonarias en el futuro, el valor de mercado de esa compañía puede dispararse —sin invertir un céntimo de dólar adicional— a centenares o miles de millones.

Tal como expresamos en el artículo anterior, la valoración del capital debe adoptar una perspectiva forward-looking: esto es, el valor del stock actual de riqueza deriva del descuento de sus rentas futuras esperadas. Por muchos ahorros que invirtamos en un activo, si su capacidad para generar rentas futuras se deteriora, su valor de mercado también lo hará; asimismo, si su capacidad de generar rentas futuras se dispara, su valor de mercado se multiplicará aunque no inmovilicemos más ahorro. De ahí que las relaciones entre la primera y la segunda ley fundamentales del capitalismo que plantea Piketty sean justamente opuestas.

Según el economista francés, la tasa de ahorro y la tasa de crecimiento de la economía determinan la ratio capital/renta (segunda ley fundamental del capitalismo) y la aplicación de la tasa de retorno sobre β determina el porcentaje de la renta nacional que va a parar a los capitalistas.

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Pero, como decimos, la realidad es más bien la opuesta: los agentes económicos invierten su ahorro para adquirir o para contratar factores productivos y crear bienes de capital; esos bienes de capital generan bienes y servicios con un valor de mercado; el valor de esos bienes y servicios futuros descontado por el tipo de interés prevalente en la economía (que en equilibrio equivale a la tasa de retorno del capital) da lugar al valor agregado el capital, que al ponerlo en relación con la renta nacional nos proporciona la ratio capital/renta:

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La cuestión que, en esta sede, podríamos plantearnos es qué parte de toda la producción futura que contribuye a generar un nuevo bien de capital es retenida por el propio capitalista (esto es, el dueño del bien del capital) y qué parte va a parar a los factores productivos que han sido contratados por el capitalista para fabricar ese bien de capital (por ejemplo, los trabajadores). A la postre, la valoración del bien de capital (el valor del stock de riqueza) dependerá de las rentas netas que sean retenidas por el valor de capital (esto es, por sus beneficios netos después de pagar los costes).

En este sentido, existen diversas opciones: si los bienes de capital son fácilmente reproducibles por cualesquiera factores productivos, las remuneraciones de esos factores productivos tenderán a absorber la práctica totalidad del valor presente de esas rentas futuras del bienes de capital (esto es, el capitalista cosechará unas rentas del capital mínimas que le recompensarán por el tiempo de espera y los riesgos asumidos a la hora de crear el bien de capital): en jerga financiera diríamos que el valor actual neto de ese bien de capital será casi cero. Si, por el contrario, un tipo de bien de capital no es fácilmente reproducible por la especificidad de algún factor productivo concreto, ese factor productivo tenderá a apropiarse de la mayor parte de las rentas futuras que generará el bien de capital: esto es, el valor actual neto del bien de capital podrá acercarse a cero pero la parte del león irá a parar a determinados factores productivos (por ejemplo, propietarios de materias primas escasas o trabajadores cualificados). Por último, si un tipo de bien de capital no es fácilmente reproducible por la habilidad específica del capitalista para diseñarlo, entonces la mayor parte de las rentas futuras del bien de capital serán rentas que irán a parar al capitalista. De este modo, pues, se repartirá la producción futura de un bien de capital entre trabajadores (rentas del trabajo) y capitalistas (rentas del capital).

Así las cosas, la tasa de ahorro no afecta a la ratio capital/renta por la vía de incrementar directamente el stock de riqueza acumulada (tal como asume Piketty), sino aumentando la cantidad de rentas futuras imputables netamente a los bienes de capital y, a través de su descuento al tipo de interés de mercado, modificando el valor de ese stock agregado de riqueza. Por eso mismo, y como ya analizamos en el anterior artículo, un incremento del número de bienes de capital que no aumente las rentas imputables a los bienes de capital no incrementará el valor agregado del stock de capital: puede incrementar las rentas salariales o, simplemente, no incrementar nada (si se trata de una mala inversión que no aumenta la producción futura).

Por consiguiente, Piketty invierte el proceso causal de creación y valoración de riqueza al adoptar un enfoque backward-looking en la valoración del capital. Ahora bien, ¿cómo es posible que Piketty caiga en un error tan flagrante? Pues porque, bajo ciertas hipótesis muy particulares, el enfoque backward y forward-looking coinciden en el valor que asignan al capital, de manera que el método de valoración basado en el pasado parece cobrar sentido.

Cuando pasado y futuro coinciden

Valorar la riqueza acumulada por la suma del ahorro histórico es valorarlo por su coste de adquisición o de producción. Valorarlo por su capacidad para generar rentas implica evaluarlo por su valor actual. Cuando el valor actual de un activo supera su coste de producción, el inversor obtiene una rentabilidad extraordinaria (una tasa de ganancia superior al coste del capital de la inversión: técnicamente, TIR>wacc). Cuando, en cambio, el valor actual de un activo coincide con su coste de producción, el inversor sólo obtiene una rentabilidad ordinaria (TIR=wacc).

Los enfoques backward y forward-looking de valoración de la riqueza, pues, coinciden cuando todos los agentes tienen expectativas homogéneas y estables sobre cuáles van a ser las rentas futuras de un determinado stock de riqueza y cuando no existen ventajas competitivas a la hora de reproducir los distintos tipos de bienes de capital: en tales casos, el valor de esas rentas futuras ya se encuentra enteramente imputado en los precios de los factores productivos necesarios para fabricar los bienes de capital que generarán las rentas futuras (es decir, las rentas netamente imputables al bien de capital son las mínimas necesarias para compensar al capitalista por el tiempo de espera y los riesgos asumidos en la creación del bien de capital). Es sólo bajo estas restrictivas circunstancias bajo las que puede tratarse al stock de riqueza de una economía como si fuera el resultado de una acumulación ancestral de ahorro: pero ello es así porque, como decíamos, al haber expectativas homogéneas y estables sobre las rentas futuras y al no haber barreras que dificulten la reproducción ilimitada de bienes de capital generadores de rentas futuras, el valor de todas estas rentas ya se hallaba desde un comienzo imputado en el coste de producción o adquisición de los activos (esto es, en forma de mayores rentas salariales).

Valorar la riqueza a su coste de adquisición y asumir que todo flujo de ahorro se incorpora perpetuamente al stock de riqueza podría tener algún sentido en modelos económicos de equilibrio estacionario y competencia perfecta, pero carece de toda verosimilitud al tratar de comprender el mundo real. En el mundo real, el valor del stock de riqueza no es igual al ahorro históricamente acumulado en adquirir activos, sino que depende de su capacidad esperada para seguir generando rentas futuras (y del tipo de interés al que se descuenten esas rentas futuras).

La petición de principios que invalida la tesis central de Piketty

Aunque en próximos artículos retomaremos este punto crucial, conviene poner ya sobre la mesa cuál es el gran razonamiento circular que sobrevuela toda la obra de Piketty. La tesis central de su libro es que cuando la tasa de retorno del capital se sitúa por encima de la tasa de crecimiento económico, existe una tendencia automática hacia la acumulación de capital: “La desigualdad r>g implica en cierto sentido que el pasado tiende a devorar al futuro: la riqueza originada en el pasado crece automáticamente más rápido que la riqueza derivada del trabajo que sea ahorrada, aun cuando el rentista opte por no trabajar”. A juicio de Piketty, que la riqueza pasada tenga más relevancia a la hora de explicar la riqueza futura que el trabajo desempeñado por el propietario de esa riqueza va en contra de los valores meritocráticos sobre los que se asienta una democracia moderna: “Cuando la tasa de retorno del capital supera la tasa de crecimiento económico de la renta, como sucedió en el s. XIX y parece probable que suceda en el s. XXI, el capitalismo automáticamente genera una tendencia insostenible y arbitraria hacia la desigualdad que socava con radicalidad los valores meritocráticos sobre los que se fundamenta una sociedad democrática”. Dicho de otra forma, si el rico es rico por lo que hereda y no por el valor que él aporta a la sociedad, la distribución de la renta deja de estar vinculada con el mérito de cada agente económico particular y pasa a depender de un reparto histórico, más o menos arbitrario, de la riqueza.

Pero fijémonos que en las premisas que necesitamos adoptar para aceptar la segunda ley fundamental del capitalismo ya se halla inserta la diatriba anticapitalista a fuer de antimeritocrático de Piketty: si el economista francés asume que las expectativas de todos los agentes económicos con respecto a las rentas futuras de los activos son homogéneas y que, además, no existen ventajas competitivas en la creación de ningún sistema de bienes de capital, por definición está suprimiendo una de las principales actividades propias de cualquier capitalista: asignar dinámicamente el capital para maximizar las rentas futuras generadas. Es decir, si asumimos que todos los agentes económicos tienen idéntica información sobre cuáles son en cada momento los usos óptimos del capital y que todos los agentes económicos pueden reproducir esos usos óptimos del capital, entonces es obvio que no hay nada diferencialmente meritorio en conservar dinámicamente el valor de la riqueza a lo largo del tiempo: cualquier podría hacerlo igual de bien que cualquier otro.

Por esta vía, el capitalista se convierte en un mero rentista, esto es, en un perceptor pasivo de rentas por la única razón de ser propietario de una serie de activos acumulados en el pasado. Su rol esencial como asignador de un escaso capital hacia sus fines socialmente prioritarios se ve completamente laminado dentro de un marco analítico en el que simplemente se asume que la riqueza se reproduce por sí sola con independencia de dónde y cómo esté invertida: esto es, si se asume que la tasa de retorno del capital es independiente de las preferencias y de las habilidades de los capitalistas.

Precisamente, al análisis de esta tasa de retorno dedicaremos el siguiente artículo.