Los déficits públicos sí absorben el ahorro privado

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El tercero de los fraudes mortalmente inocentes que denuncia Warren Mosler es la idea de que los déficits públicos absorben parte del ahorro de familias y empresas que alternativamente podría haber ido a financiar inversiones productivas (es lo que en la jerga económica se conoce como “efecto crowding out). Según Mosler, la realidad es justo la inversa: los déficits públicos incrementan la cantidad de ahorro privado y, en contrapartida, los superávits públicos la reducen. La razón que aduce el economista de la MMT es muy sencilla: el monto de los déficits públicos es contablemente igual al aumento de los activos en manos del sector privado; y un aumento de los activos contablemente equivale a un incremento del ahorro.

Por ejemplo —dice Mosler—, cuando el Tesoro estadounidense coloca en los mercados 100.000 millones de dólares de deuda pública, los ahorradores que la adquieren sustituyen sus saldos de caja (lo que, como vimos, Mosler gustaba en llamar “cuentas corrientes en la Fed”) por activos financieros en forma de deuda pública (lo que Mosler gustaba en llamar “imposiciones a plazo fijo en la Fed”), de modo que su activo total (y, por tanto, su ahorro total) no cambia. Ahora bien, una vez el gobierno estadounidense gasta esos 100.000 millones de dólares en comprar bienes y servicios en el sector privado, los saldos de caja de otros agentes económicos aumentarán, de manera que el activo total del sector privado se habrá incrementado en términos netos (los saldos de caja se redistribuyen de un grupo de agentes a otro, pero uno de esos grupos ve aumentar sus activos financieros).

Simétricamente, si el Estado cobra impuestos para amortizar deuda pública, estará arrebatándoles saldos de tesorería a unos agentes del sector privado para entregárselos a otros agentes del sector privado —los tenedores de deuda pública— como medio para amortizar los pasivos estatales. Resultado: los saldos de caja meramente se redistribuyen dentro del sector privado pero los activos financieros en manos del sector privado se reducen, esto es, su ahorro total disminuye en términos netos. De hecho, Mosler llega al extremo de afirmar que es imposible que los ahorros del sector privado aumenten si el Estado exhibe superávits públicos.

Así, como ya sugiriera Keynes, el sector público no succiona ahorros del sector privado, sino que genera endógenamente los ahorros que necesita para financiar sus propios déficits. De este modo, regresamos de nuevo a la tesis central de Mosler: los gobiernos no deben preocuparse por el déficit, ya que ni su nivel de gasto se ve constreñido por su capacidad para colocar deuda en el mercado, ni, aun cuando se endeuden, ello supondrá una gravosa carga para nuestros nietos. Al contrario, los gobiernos simplemente han de tratar de estabilizar el gasto total, maximizando la producción y el empleo en toda fase de la coyuntura, incluso en aquellos momentos en los que el sector privado desea seguir produciendo pero se niega a gastar (esto es, en aquellos momentos en los que el sector privado desea aumentar su ahorro, siendo el Estado quien le proporciona el instrumento adecuado para ahorrar: la deuda pública).

Como suele suceder, el razonamiento de Mosler adolece de tres serios errores que vamos a tratar de desenmarañar a continuación.

El error contable

El primer error de Mosler es de tipo contable: afirmar que sin déficits públicos el sector privado no puede ahorrar. De entrada, parece obvio que el sector privado puede ahorrar sin necesidad de que existan déficits públicos: cuando un agente económico no consume la totalidad de su renta, sino que usa una parte de la misma para adquirir activos reales o financieros a otros agentes del sector privado, es obvio que su ahorro (y su inversión) habrá aumentando. Ahora bien, para Mosler no estamos ante un aumento genuino ahorro privado: si un ahorrador compra un activo real es porque otro agente lo está vendiendo (y por tanto, está desahorrando); asimismo, si un agente le presta su dinero a otro, es verdad que él como prestamista estará ahorrando, pero el prestatario se estará endeudando, de manera que el ahorro conjunto de ambos será nulo. Esto es, para Mosler el sector privado no tiene capacidad de ahorrar en términos agregados y netos: dado que todo activo financiero privado es un pasivo financiero privado, al final todos los créditos se compensan con todas las deudas y no existe ahorro neto alguno. Sólo puede existir ahorro privado neto cuando el deudor contra el que se contraen nuevos créditos es alguien ajeno al propio sector privado, esto es, forma parte del sector público (del sector no privado). Mosler se olvida, empero, de dos puntos.

Primero, el sector privado sí es capaz de generar nuevos activos reales y financieros que incrementen el patrimonio de unos sin reducir el patrimonio de otros: por ejemplo, cuando un autónomo o una empresa construyen una vivienda, una carretera o una mercancía valorada por los consumidores, está creando riqueza desde cero (está viendo aumentar su activo y, por tanto, su ahorro). Si no fuera así… ¡toda la riqueza creada por la humanidad desde el Paleolítico debería tener exactamente el mismo valor que la deuda pública viva! Y evidentemente no es así: puede producirse una acumulación neta de riqueza (ahorro neto) sin necesidad de un paralelo aumento de deuda pública.

Segundo, aunque el endeudamiento público incremente los activos financieros en manos del sector privado, no aumenta su ahorro neto. Para hacerlo, debería incrementar sus activos financieros sin, paralelamente, incrementar sus pasivos financieros o sin reducir el valor de otros activos financieros en manos del sector privado. Pero ello no sucede: a) si el Estado programa amortizar en el futuro esa nueva deuda pública con un aumento de los impuestos, está generando un pasivo fiscal sobre algunos agentes privados (obligación de pagar más impuestos en algunos ciudadanos); si, en cambio, programa amortizarla con una reducción de su gasto, está eliminando activo en manos de algunos agentes privados (su derecho o expectativa a recibir rentas futuras del Estado); b) si el Estado programa amortizar en el futuro esa deuda imprimiendo nuevo papel moneda, lo único que estará haciendo es diluir el valor real de una parte de los activos en posesión del sector privado: en concreto, del resto de papel moneda o de deuda pública no vencida (sólo habría una excepción: que el sector privado no gastara el nuevo papel moneda impreso por el Estado, pero en tal caso la operación sería equivalente a una refinanciación de la deuda pública a un tipo de interés cero).

Contablemente, por tanto, sólo parece que hay un aumento de riqueza en el sector privado porque no se contabiliza la fuente de financiación de esa deuda pública. El endeudamiento estatal solo generaría ahorro privado neto si el gasto financiado con esa deuda arrojara una creación de riqueza que compensara su coste de financiación y si ese excedente se mantuviera en manos del sector privado. Pero eso no es algo exclusivo del endeudamiento público… sino que también vale para el endeudamiento privado. Doble falacia, pues: el sector público, por el mero hecho de endeudarse, no aumenta el ahorro privado neto; el sector privado, endeudándose y sin endeudarse, sí puede generar ahorro privado neto.

El error en los conceptos económicos

El segundo error de Mosler trasciende de lo meramente contable y afecta a los propios conceptos económicos. Según el economista de la MMT, la adquisición de deuda pública por parte del sector privado no reduce el ahorro disponible para financiar otras inversiones privadas, pues, como ya hemos dicho, más endeudamiento público significa más ahorro privado.

En esta sede, Mosler confunde ahorro real con el nominal. Por ahorro nominal cabe entender el valor monetario de los activos de un sistema económico. Por ahorro real, los factores productivos que no se están empleando en fabricar bienes de consumo presentes sino que pueden ser utilizados para generar bienes de consumo en el futuro.

Dicho esto, cabe plantearse dos cuestiones. Primera: ¿todo aumento del ahorro nominal va aparejado de un aumento del ahorro real? No: la inflación es un ejemplo de aumento del valor nominal de los activos que no va aparejado a una mayor disponibilidad de factores productivos. Segunda cuestión: ¿el aumento de la inversión real se logra a través de un mayor ahorro nominal o de un mayor ahorro real? De un mayor ahorro real: para ejecutar una inversión productiva alguien tiene que estar dispuesto a retrasar su consumo durante un período de tiempo y a asumir un cierto riesgo (es decir, alguien debe estar dispuesto a ahorrar), ya sea ese alguien el propio inversor (él mismo renuncia a consumir por un período de tiempo durante el que se dedica a producir los bienes de consumo de que disfrutará en el futuro) o con ahorro ajeno (otra persona renuncia a consumir por un período de tiempo durante el cual el inversor produce los bienes de consumo de que ambos disfrutarán en el futuro). Más ahorro nominal puede, por tanto, indicar simplemente que se han encarecido los factores productivos necesarios para ejecutar una inversión o que el perfil del plan de ahorro no coincide con el perfil del plan de inversión (por ejemplo, contablemente 10.000 onzas de oro prestadas a 40 años son lo mismo que 10.000 onzas adeudadas a un día, pero parece claro que el ahorro a un día de 10.000 onzas no es la base económica adecuada para financiar una inversión de 10.000 onzas a 40 años).

De estas reglas económicas no escapa tampoco la deuda pública: cuando un ahorrador privado adquiere deuda pública, ese ahorrador está renunciando a disponer durante un tiempo de ciertos factores productivos (aquellos que podría haber consumido o con los que podría haber invertido) para que disponga de ellos, durante ese período de tiempo, el sector público. Pero si es el sector público el que dispone de ellos, no lo hará el sector privado: por tanto, debido a la adquisición de deuda pública por parte de algunos ahorradores privados, los factores productivos se despliegan de una forma distinta a la que se habrían desplegado en caso de que ese ahorro privado hubiese ido a parar a inversores privados. Que el sector público se endeude para invertir de una manera sí implica que el sector privado no invertirá esos mismos recursos de otra.

En definitiva, por el hecho de que aumente la deuda pública no se genera un aumento neto del ahorro real y, por tanto, no hay más recursos que puedan ser invertidos de maneras no excluyentes tanto por el sector público como por el privado. Mosler cae en el error de creer que el aumento del ahorro nominal, como consecuencia de la ficción contable que hemos denunciado antes, equivale a un aumento del ahorro real.

El error en las relaciones económicas

El tercero de los errores de Mosler es obviar la descoordinación social que genera el endeudamiento público. El economista de la MMT señala que hay determinados momentos en los que el sector privado quiere seguir produciendo mercancías pero no desea consumirlas, de modo que habría una deficiencia global de gasto que llevaría a contraer la producción agregada (en ausencia de una contracción de la demanda, más endeudamiento estatal sólo significará más inflación). Es en esos momentos en los que el sector público tiene que endeudarse para estabilizar el gasto agregado hasta igualarlo con la producción agregada.

Primero, fijémonos que si el sector privado desea seguir produciendo más bienes es porque también desea seguir consumiendo más bienes ahora o en el futuro. No tiene sentido que alguien se dedique a generar una riqueza de la que no quiere disfrutar (él o sus descendientes). Por tanto, si el conjunto de agentes económicos se dedican a producir bienes es porque quiere disponer de bienes, ya sea en el presente (bienes de consumo) o en el futuro (bienes de inversión presentes que generarán bienes de consumo en el futuro). El gasto agregado de los agentes económicos sólo se desmorona con respecto a la producción agregada cuando la composición de esa producción no coincide con la deseada por el conjunto de agentes económicos.

Ante eso existen dos opciones: permitir que la producción agregada se readapte hasta ajustarse a las necesidades de los agentes económicos (aunque ello suponga el abandono de líneas productivas enteras que hoy se juzgan inservibles) o impedirlo por la vía de que el sector público adquiera aquellas mercancías sin demanda mediante la colocación de deuda pública en el sector privado (de manera que sea el sector privado el que, en última instancia, termina adquiriendo esas mercancías a través de la interposición de la deuda pública).

Mosler defiende esta última vía, pero con ello sólo está, por un lado, prolongando en el tiempo el desequilibrio entre el conjunto de necesidades presentes (demanda) y el conjunto de estructuras productivas presentes (oferta) y, por otro, cubriendo ese desequilibrio con parte de la riqueza que espera que se genere en el futuro: en concreto, el Estado concede poder adquisitivo a productores que deberían haberlo perdido (el Estado se endeuda para comprarles sus mercancías) y ese poder adquisitivo que les concede hoy será amortizado por un menor poder adquisitivo de otros agentes económicos en el futuro. Mosler, no obstante, parece ignorar que, al emitir deuda pública para estabilizar el gasto, está tapando agujeros presentes con riqueza futura (lo mismo que sucede, por cierto, cuando el Estado rescata a un banco quebrado); y lo ignora porque, según su segundo fraude mortalmente inocente, la deuda pública presente no la pagan las generaciones futuras, sino que no la paga nadie: en tal caso, evidente y tautológicamente, estamos ante un absoluto free lunch para el sector privado. Pero no: ambos fraudes no son fraudes sino pauperizadoras realidades que Mosler se ha especializado en enmascarar.

Juan Ramón Rallo

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