Ocho apellidos valencianos

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La película Ocho apellidos vascos de Emilio Martínez está reventando las taquillas, pero sobre todo está demostrando que vascos y andaluces saben reírse de si mismos. Aquí sería imposible. ¿Por qué los valencianos nos hemos convertido en un pueblo incapaz de reírse de sí mismo? ¿Por qué todo es una tragedia? ¿Por qué si históricamente hemos sido el pueblo más irónico y corrosivo de España ahora somos una tragicomedia?

Borja Cobeaga y Diego San José no podrían nunca hacer un guion que se llamara Ocho apellidos valencianos para engranar una película dónde el actor revelación Dani Rovira nos hiciera reír a carcajadas a base de ridiculizar las cuestiones más domésticas de nuestra realidad. ¿Imagina alguien a Rovira haciendo risas de los símbolos valencianos? La película de Martínez demuestra que se puede hacer humor con los sacrosantos iconos vascos, pero esto sería imposible en Valencia o Alicante. Rovira amanecería crucificado.

Los últimos años han sido una tragedia para el humor en la Comunidad Valenciana. Y no culpo a la política. La gente se ríe cuándo quiere reírse, aunque esté prohibido. Hemos perdido el sentido del humor porque nos hemos hecho trascendentes, nos hemos alejado de la realidad y no queremos reconocer la comedia que significa vivir en el Mediterráneo. Nos hemos hecho castellanos, que es la especie dominante.

Las propias Fallas y las Hogueras han perdido sensibilidad doméstica. Se habla mucho de políticos, que está bien, pero poco de la vida más real de los ciudadanos. Las Fallas de los sesenta no podían hablar de política, pero hacían mofa y befa con los servicios municipales, el lechero de la esquina, la última de Concha Piquer o la Tómbola del obispo Marcelino Olaechea.

La Traca o Bernart i Baldoví marcaron una referencia del iconoclasta humor valenciano. Y si me apuran hace una docena de años Don Pío hacía lo propio. Y hasta la Cartelera Turia tuvo momentos inspirados. Y no hablemos de Berlanga o Carles Mira. En las fiestas de cualquier pueblo las varietés llevaban siempre un humorista que preguntaba sobre cuatro cosas locales para hilvanar sus chistes. Pero en los últimos años nos hemos puesto serios. ¿Quién se atrevería ahora a filmar Con el culo al aire, con Monleon vestido de Fallera? Pues es de 1980. Como mucho hemos derivado de las risas a las risotadas tras una fartà.

La sociedad valenciana (y la alicantina, que para el caso es lo mismo) ha derivado al postureo. A Xavi Castillo se le considera un hereje y la Turia es una mala copia de sí misma. Como a usted se le ocurra hacer en el bar un chiste del Valencia CF lo acusan de antipatriota. Y si lo hace de Salvo, el profeta Templario, lo queman en la hoguera. Se ha perdido la sensibilidad hasta para hacer humor popular con el sexo, que ha sido un recurso permanente en cualquier fiesta. Apenas se salva Ortifus.

Demasiado politizados, hemos creído que el humor fallero o en los espectáculos populares en las fiestas de los pueblos solo puede hacerse ridiculizando lo ajeno, pero además con sentido trágico. Ahora no serían posible estos versos de Bernart i Baldoví:

¡Recontrafotre qué feta
que m’ha pasat esta nit;
tenint la dona en lo llit
m’hágut de fer la puñeta!…
Es el cas que ella roncava,
siga dormint ó desperta,
cuant me sá posat molt erta
la cabota de la fava;
yo al vore que me s’enpina,
li ha pegat cuatre calbóts,
pero en los caps de viróts
esta es mala medisina:
perque tot viviente sáp
que al palparli la pallorfa,
solta la fava la corfa,
y es trasforma luego en náp;….

……………

¿Sería ahora posible esta magnificencia del humor valenciano escrito en 1845 en el libreto de El Virgo de Visanteta? ¿O El Coixinet de Vicent Andrés Estellés? ¡Imposible!

En la sacrosanta ETB 2 tuvieron desde 2003 el programa ¡Vaya semanita! (de ahí vienen los guionistas de Ocho apellidos vascos), que no dejaba títere con cabeza con mucho y buen humor. En TV3, que van de trascendentes, inventaron Polònia, donde se ríen hasta de la Moreneta, y Cracòvia para reírse de Mesi. En TV/Canal 9 nos contentamos con el Socarrats y Autodefinits de Carles Alberola, que más bien han sido una recopilación neutral de malos episodios, que igual valen para Valencia que para Zamora.

Menos mal que en Alicante se mantiene el Clan Cabaret y el Festival del Humor, pero los valencianos apenas sonreímos. Como mucho damos risotadas. Todo está sacralizado. Y eso que nuestros ocho apellidos valencianos (García, Martínez, López, Pérez, Sánchez, González, Rodríguez y Fernández) son los mismos que los andaluces, los catalanes o los vascos. Pero ellos se ríen hasta de sus apellidos y nosotros nos hemos hecho serios al mismo tiempo que nuevos ricos y tenemos AVE con Madrid.

Jesús Montesinos
www.jmontesinos.es