Protocolo Regio para una Monarquía renovada

wpid-JUANVI_OK.jpg

Desde que Alfonso X el Sabio en las Siete Partidas nos detallara los usos y costumbres de la Corte de Castilla en la Edad Media desde el ceremonial visigodo, cuyos Reyes se consideraban herederos del Imperio Romano-Bizantino, pasando por su simbiosis con el ceremonial de la Corte de Aragón a partir de los Reyes Católicos y la posterior transición a la etiqueta borgoñona con la llegada Imperial de los Austrias, el protocolo ha servido para trasladar la imagen del «poder» real o imperial alcanzado por la monarquía española, que con Carlos V adquiere el rango de primera potencia mundial, conociéndose a partir de ahí como etiqueta española. Con los Borbones imbuidos del refinamiento versallesco, el ceremonial ganó en proximidad por la propia evolución de los tiempos que propiciaron una creciente pérdida de poder de los reyes y su corte en beneficio de la sociedad civil.

Una vez más, la primera Institución del Reino de España, la Corona, representada ahora en S.M. el Rey Felipe VI, junto con el resto de Instituciones del Estado han sabido transmitir un mensaje unívoco, rotundo y cargado de un simbolismo histórico a todo el orbe a través de la plasticidad de un protocolo minuciosamente estudiado para cumplir su sublime misión. Las imágenes y el desarrollo de los diferentes actos han transmitido el mensaje de que España es una gran nación, con una sociedad madura y orgullosa de su Historia. Momentos cargados de emoción que reflejaban la trascendencia del hito histórico que estábamos viviendo. Un protocolo basado en la horizontalidad y transparencia, rompiendo barreras jerárquicas, que necesita esa proximidad ese acercamiento a través de la sencillez y la sobriedad. Cada acto, cada espacio escogido, cada gesto realizado han estado cargados de simbolismo para transmitir por un lado, la unión en torno a la Corona dentro de la Constitución y, por otro, la normalidad de un proceso sucesorio en la Dinastía histórica que cobra nuevos bríos con la entrada de una generación más joven que coge el testigo para asumir los nuevos retos que la sociedad demanda.

Desde la foto de la proclamación de Juan Carlos I en 1975, con ese primer discurso del Rey que sirvió de guía a toda una generación, con una simbología y un contexto determinados por el momento histórico, al discurso de S.M. Felipe VI el pasado 19-J, la transformación de la sociedad española y del país en general ha sido notable. Hemos consolidado una Democracia y unas Instituciones que nos han permitido vivir un período de paz y progreso sin precedentes en nuestra historia. Las imágenes de ambos no dejan lugar a dudas, son otros tiempos.

Felipe VI ha puesto en valor el espíritu de la Monarquía cuya seña de identidad más notoria es la continuidad. Continuidad que proporciona y garantiza una estabilidad fundamental para habilitar los equilibrios necesarios desde la jefatura del Estado como árbitro y moderador en el funcionamiento regular de las instituciones. Su discurso, impecable en la forma y en el fondo, volvió a certificar el espíritu de la Monarquía Parlamentaria y de la figura del Rey. La historia nos ha permitido pasar del pueblo del Rey al Rey del pueblo, al aceptar jugar ese papel vertebrador de la sociedad, ejerciendo un liderazgo social aceptando los valores cívicos que prevalecen en un Estado social y democrático de Derecho.

El mítico juramento de los Reyes de la Corona de Aragón venía a recoger ese espíritu que hace de la igualdad el principio que anima las relaciones entre el Rey y su pueblo, en palabras del profesor Muñoz Arnau: Nos, que somos tanto como vos y todos juntos más que vos, os hacemos Rey……. Asumiendo así esos principios recogidos en las virtudes republicanas que deben prevalecer en toda sociedad cosmopolita: la lealtad, el respeto a las leyes, la solidaridad, la tolerancia, el riguroso ejercicio de los derechos constitucionales, la participación, el espíritu de servicio, todo un conjunto de valores recogidos en sus palabras que resonaron ante las Cortes Generales necesitadas más que nunca de esos efectos de la Regeneración que la sociedad demanda y que exige también del Rey ejemplaridad en todos los aspectos de su vida, como primer ciudadano del reino.

El espíritu del cambio ha calado en la sociedad que busca referentes para liderar una regeneración total, desde la diversidad, la normalidad y el cumplimento de las Leyes. El Rey ha sabido leer ese mensaje, y ahora todos debemos conjurarnos con Él y todas las Instituciones del Estado y la Sociedad, para seguir configurando un futuro esperanzador para esta gran nación.

Los españoles nos hemos gustado. De forma abrumadora, la sociedad española se ha sentido orgullosa del momento histórico, de las formas y del contenido. Hemos pasado de la pompa y la fastuosidad artificial a la sobriedad, la naturalidad, la frescura de la renovación, la cercanía, y la elegancia para dar mayor realce y simbolismo a la propia esencia y significado del cambio, una Monarquía renovada para un tiempo nuevo.