¿Qué comerán los refugiados?

Enrique Arias Vega

La ola de solidaridad europea con los refugiados de Siria y otras desoladas partes del mundo es justa, meritoria y, al parecer, imparable. Además resulta lógica: ¿Quién sino Europa ha agitado el avispero de Siria, Libia y toda la zona del Oriente Próximo hasta hacerla inhabitable?

Lo que deberíamos saber los europeos, llevados de nuestros buenos sentimientos, es el coste de abrir indiscriminadamente el viejo continente y considerar si estamos dispuestos a asumir la parte de él que nos corresponde a cada uno de nosotros.

Porque, digámoslo ya, la acogida a sufridos refugiados, zarandeados aquí y allá, apaleados por unos y por otros, no es sólo tarea de las instituciones públicas, con unos fondos limitados y en muchos casos menguantes por culpa de la crisis económica.

Atender dignamente a cientos de miles (y millones) de personas sin medios, sin trabajo, en países con paro, en los que ya vienen produciéndose recortes sociales, reducirá necesariamente en un principio el nivel de vida de muchos ciudadanos europeos. Saberlo de antemano y aceptar sus consecuencias sí que resulta solidario y digno de encomio.

Ante esta previsible situación, pensemos, además, en los brotes de xenofobia que capitalizará el extremismo político que ya abunda en los países con más inmigración y que cualquier día puede estallar en España. ¿Estamos preparados para prevenirlos, encauzarlos y combatirlos?

Éstas son las preguntas a las que debe responder la opinión pública europea a la vez que arrima el hombro. Si no lo hace y si no sabe responderlas correctamente, los mismos que ahora claman por una acción humanitaria y solidaria pueden ser los primeros en quejarse al comprobar cómo todo esto afecta a su hasta ahora envidiable (en parámetros de los refugiados) nivel de vida.

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