Valencia no sigue en venta

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Como el niño de corta edad que aprende a llevar su primera bicicleta sin dos ruedas laterales. Como cuando tu padre, tras algún bacatazo, decide soltarte para ver cuán lejos llegas tras comprobar que después de enérgicas pedaladas sin tutela queda detrás la inseguridad y la indeterminación y cruzas la línea de tu primera meta.

Todo un proceso de duro aprendizaje desde enero. Se aprende a desmitificar la política como el juego de frivolidad que aparenta ser. La política que importa, la única que de verdad puede llegar a percibirse en la sociedad, requiere abandonar la idea de que la máxima aspiración es la de competir en la carrera por el gobierno nacional. La máxima meta es y ha de ser la de alimentar la vitalidad de España.

También aprendes a desprenderte de idolatrías fútiles y servilismos incondicionales. La gran paradoja es que, en política, tus principales valedores son aquellos que todavía no conoces cuando comienzan las primeras pedaladas. Lo primero y lo más urgente es rodearte de aquellos en los que puedas confiar, sea cual sea la situación y en justa compensación. Estar ahí para ellos situándoles fuera de negociaciones y trueques políticos. Mi equipo está formado por personas que no van a entrar en esa negociación.

Ya no creo en el mito del “animal político” y el don del carisma innato. Creo en la política como carrera de fondo, hecha desde el estómago, en la calle, revestida de cariz activista como acto reflejo y vehemente, como práctica ineludible y adrenalítica de la defensa a ultranza de los principios más íntimos. Es verdad que la he descubierto como un ejercicio que exige gran parte de renuncia a “lo personal” para ponerte al servicio de otros, pero permite disfrutar en muchísimas ocasiones de una sensación máxima e indescriptible de orgullo que proporciona mucha felicidad.

Mienten los que ponen sus principios al servicio de unas siglas y cuentan que viven en la casa perfecta. Es falso. A menudo las puñaladas están dentro porque alguna de la gente que habita esa casa viene de fuera y porque a menudo la persona con principios está dispuesta a venderlos por cuatro puñados de oro o por algo de reconocimiento que satisfaga necesidades narcisistas. Los principios no se ponen al servicio de unas siglas ni se prestan ni se negocian. Los principios son combustible de determinación para la consecución de metas políticas, son catarsis en momentos de fracasos y decepción, y son el único trofeo para la exhibición al conseguir el éxito.

Mi combustible ya no está compuesto por idolatrías ni incondicionalidad, sino por la existencia del nacionalismo subvencionado e institucionalizado que devora la cultura valenciana. Está compuesto por la indignante exhibición de representantes políticos inmerecidos que permanecen porque deben demasiados favores, por la indignante politización de las universidades que cambian libros por panfletos e ideologías chabacanas, está compuesto por el escarnio en plaza pública al que es sometido el autónomo que quiera apartar la cabeza del yugo de la administración, por el flagrante robo de libertad de expresión e información que sufren los medios de información en Valencia por parte de este gobierno y el anterior.

No voy a ceder a la coacción de chantajistas de grupos de izquierda, a pesar de figurar en listas negras de odio ideológico, ni tampoco voy a ceder al chantaje del Partido Popular que, incapaz de actuar contra el tripartito, practica con ellos una política errática de pactos en despachos mientras en la calle les utiliza como herramienta de trabajo para atenazar el voto ciudadano usando la impronta del miedo.

VOX Valencia es y será el compromiso de una plataforma ciudadana formada por personas de la sociedad civil liberadas de prebendas caducas cuyo principal y único compromiso será el de devolver a los valencianos el orgullo despojado por décadas de incompetencia y vergonzoso trueque político.

Cristina, Luis, José María, Carmen, Víctor, Borja…tantos de nosotros que les recordaremos que Valencia y ustedes no siguen en venta. Muchas gracias por confiar.