¿Y para qué la República?

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Ya lo ha dicho esta misma semana el Presidente Rajoy: “El que no quiera una monarquía que plantee una reforma de la Constitución”.

Y a partir de aquí que cada ciudadano y partido político saque sus propias conclusiones y que valore la opción que considere más idónea para el modelo del Estado, tal y como lo recoge nuestro modelo democrático instaurado desde hace décadas.

Tras la abdicación del Rey D. Juan Carlos I, los eternos aspirantes republicanos, muy minoritarios en la sociedad española, a pesar de sus esfuerzos por mostrar una mayor relevancia, han visto la ocasión perfecta para reivindicar un modelo que apenas ha tenido incidencia en nuestro país, y que ha traído más perjuicios que beneficios.

Porque así es la historia republicana en España, tanto en la Primera Edición como en la Segunda, que además derivó en la cruenta Guerra Civil.

En el periodo comprendido entre febrero de 1873 y diciembre de 1874, se sucedieron hasta cuatro presidentes ejecutivos, que tras demostrar su capacidad de ingobernabilidad, tuvo como resultado el golpe de estado del General Pavía, con el que se pasó de una República Federal a la Unitaria, y cuyo tránsito estuvo comandado con posterioridad por el General Serrano.

Y respecto a la 2ª República, de todos es conocido el triste desenlace. Su inicio se produce el 14 de abril de 1931, y se desarrolla en tres bienios, teniendo un primero presidido por Manuel Azaña hasta 1933.

Posteriomente, el segundo transcurrió entre 1933 y 1935, y fue dirigido por Alejandro Lerroux, a través del Partido Republicano Radical, apoyado por la derecha católica de la CEDA, en lo que fue bautizado por la izquierda como “el bienio negro”.

Y la tercera etapa tuvo un recorrido muy corto, donde el Frente Popular solo pudo gobernar de febrero a julio de 1936, ya que un nuevo golpe de estado acabó derivando en la Guerra Civil.

Por último, ya durante el periodo de la contienda entre 1936 y 1939, la segunda etapa republicana en España concluía con el gobierno del también republicano José Giral, y posteriormente con los socialistas Largo Caballero y Juan Negrín.

Es decir, por un cúmulo de circunstancias el modelo republicano no ha funcionado en España, a diferencia de Francia, Italia y Alemania, pero sí lo ha hecho la monarquía parlamentaria cuyo eje de modelo estructural del Estado es muy similar al de nuestros vecinos europeos, aunque difiera del norteamericano, donde el poder ejecutivo se concentra en la figura del Presidente.

Y a partir de aquí podemos hablar de economía, ya que es lo que también preocupa a muchos republicanos. La monarquía española está en consonancia con algunas casas reales europeas respecto a sus ingresos, y por debajo del Reino Unido, por citar algunos ejemplos, cuyos costes anuales superan los 60 millones de euros.

Eso sin contar con el patrimonio que tienen muchas casas reales europeas, ya que tras la proclamación de la 2ª República en 1931, todas las posesiones de la Corona de España pasaron al Patrimonio Nacional, tal y como continúa siendo en nuestros días.

Pero sigamos con el repaso a las cuentas públicas de los estados, y especialmente a los que tienen una estructura de República.

Por ejemplo, el sistema democrático en Italia cuesta 200   millones de euros para el mantenimiento de 900 empleados, mientras que la República Francesa necesita más de 100 millones procedentes del erario público.

En lo que respecta a Alemania el modelo de sustento de las instituciones, canciller y presidente se encuentra sobre los 29 millones de euros, sin contar el sueldo de sus ministros que procede de otras partidas presupuestarias.

Otro caso diferente es el del Presidente Obama, de EE.UU, cuyo sueldo anual es de 310.000 euros, aunque tiene poderes ejecutivos, a diferencia del Rey de España, y no se incluye la gigantesca partida presupuestaria que sustenta a la Administración norteamericana.

De esta comparativa, la monarquía española sale claramente favorecida, ya que aglutina en un solo fondo el sustento para sus 137 trabajadores por un importe de 25 millones de euros, que incluye los 8,4 millones destinados a la Familia Real.

Por tanto, los simpatizantes del modelo republicano no pueden justificar la implantación de ese sistema democrático sustentándose únicamente sobre un modelo de ahorro, respecto al actual modelo de la Corona Española.

Por otra parte, no sería injusto no valorar la figura de Juan Carlos I, como un digno embajador de la tan idolatrada “Marca España” y el impulsor de reformas de calado que hoy son vitales para el funcionamiento, por ejemplo, de la valorada Seguridad Social.

Porque aunque algunos tengan la memoria corta, la mediación del Monarca ha permitido que las empresas españolas consiguieran adjudicaciones históricas para desarrollar infraestructuras a nivel internacional.

Como muestra, la construcción del AVE a la Meca, en Arabia Saudí, que ha posicionado a algunas compañías españolas entre las más importantes del mundo en su sector.

Es verdad que la consecución de esos logros era la obligación del Rey, y también deberá ser la de Felipe VI. Pero de momento, D. Juan Carlos I deja el listón muy alto, con una trayectoria impecable, que solo se ha visto denostada en los últimos años por diversas circunstancias, a un sucesor que deberá gobernar “una España unida y diversa” según sus palabras, pero también muy dividida.

Para los seguidores republicanos sería conveniente hacer un análisis del pasado histórico español con ese modelo de gobierno, y sobre todo, deberían reflexionar sobre qué utilidad tendría la República en nuestros días.

Entre otras cuestiones, porque como en todos los sistemas democráticos la República no tendría porqué ser un patrimonio exclusivo de un partido, como pretenden las fuerzas de izquierdas por sus antecedentes históricos.

Y mucho menos enarbolar unos mensajes obsoletos que nos recuerdan a la Europa estalinista del siglo XX y que poco tienen que ver con los países europeos que utilizan este modelo, y en mayor medida con los Estados Unidos.